Alfonso Cortez
Desde mi barbecho
Comunicador Social
Hay pérdidas que no hacen ruido. Y, justamente por eso, pasan desapercibidas.
En una columna reciente —Paisajes, en la revista, 88 Grados— Mariana Ruiz pone el dedo en una herida que ya casi no sentimos: la desaparición progresiva del paisaje sonoro.
No habla de nostalgias baratas, sino de algo más incómodo: antes los sonidos eran esporádicos; hoy son permanentes. Antes había intermitencia; hoy hay saturación.
El sonido de la lluvia, del viento, de los arroyos, de los grillos… sigue ahí, sí, pero cada vez más ahogado. Lo que domina ahora es otra cosa: un ruido continuo, invasivo, una especie de zumbido de fondo que ya ni registramos. Hemos pasado, sin darnos mucha cuenta, del mundo del sonido al mundo del ruido. Y lo más inquietante —como sugiere Mariana— es que ya no sabemos cómo era vivir de otra manera.
Marshall McLuhan lo dijo antes, con esa lucidez incómoda que suele llegar tarde: “El hombre solo descubrió la naturaleza después de haberla arruinado”. Primero saturamos el entorno… después intentamos entenderlo.
El oído no fue el único damnificado. También estamos perdiendo el cielo.
Leí, en un periódico español, la advertencia de que la contaminación lumínica crece a un ritmo cercano al 10% anual. El dato, más que técnico, es brutal en sus consecuencias: hoy, un niño que puede ver unas 250 estrellas, verá menos de la mitad cuando sea adulto. Y, si llega a viejo, quizá solo le queden las cinco más brillantes. Dicho de otro modo: esta generación será la última que recuerde un cielo lleno.
Las ciudades —con su iluminación excesiva, pantallas y LED azules— han convertido la noche en una prolongación del día. Donde antes había profundidad, ahora hay resplandor. Donde había misterio, ahora hay reflejo.
Nuestros abuelos levantaban la vista y encontraban historias. Nosotros levantamos la vista… y encontramos contaminación. No es solo una pérdida estética. Es una pérdida de sentido. Algo parecido ocurre con el silencio.
No el silencio absoluto —ese que solo existe en laboratorios o quirófanos—, sino ese silencio vivo, lleno de capas, donde un sonido tiene peso, una pausa dice algo y el pensamiento no llega atropellado. Ese silencio también está en retirada.
Vivimos en una atmósfera acústica alterada: motores, notificaciones, música constante, voces superpuestas. Todo vibra, todo compite, todo exige atención. Y en esa saturación, lo sutil desaparece.
El compositor y ambientalista canadiense R. Murray Schafer lo llamó con precisión —y algo de poesía—: vivimos en una “esquizofonía”, un mundo donde el sonido se ha separado de su origen. Y, sin embargo, de vez en cuando, el mundo se deja oír.
Me pasa —y no exagero— cuando cruzo el río Piraí y pedaleo al otro lado. Ahí, al amanecer, sucede algo que ya en la ciudad parece ficción: el silencio no es ausencia, es escenario. Y sobre ese escenario, la naturaleza arma un concierto sin amplificación ni algoritmo. Pájaros que no compiten, viento que no irrumpe, agua que no estorba. Todo tiene ritmo, pausa y respiración. No es espectacular en el sentido moderno. No hay fuegos artificiales ni estridencia. Hay algo mejor: armonía. Y entonces uno entiende, por contraste, cuánto hemos perdido.
Porque ese paisaje sonoro —tan simple, tan antiguo— hoy es casi un lujo. Un paréntesis. Una excepción que hay que ir a buscar. El problema no es solo lo que desaparece, sino lo que dejamos de notar.
Nos acostumbramos al ruido, a la luz excesiva, al aire saturado… y dejamos de extrañar lo que alguna vez fue natural. La contaminación ya no es solo ambiental. Es sensorial. Vamos perdiendo capas de experiencia sin escándalo, sin titulares, sin urgencia. Y, sin embargo, hay algo profundamente humano en detenerse: bajar el volumen, apagar una luz, mirar hacia arriba.
Tal vez no podamos recuperar del todo lo perdido. Pero todavía estamos a tiempo de notar la pérdida. Y eso —en esta época de distracción permanente— ya es un pequeño acto de resistencia. Porque lo verdaderamente grave no es que el mundo se vuelva más ruidoso o más opaco, sino que dejemos de extrañarlo.
