CULTURA. La población chiquitana se prepara para ser sede de un festival de orquestas sub-17, tras superar el embate de la pandemia y los incendios forestales.
Por Karina Vargas Alba
Corrían los primeros días de noviembre de 2021. Bajo la sombra de un toborochi en la plaza de Santa Ana de Velasco, un grupo de niños afinaba sus violines. Frente a ellos, el profesor Adalid Poquiviquí levantaba la batuta, convencido de que serían los últimos acordes que escucharía en mucho tiempo. La pandemia había golpeado con dureza a esta comunidad chiquitana del municipio de San Ignacio y la escuela de música estaba a punto de cerrar. Con la mochila en la espalda, el maestro se despedía de sus alumnos, debía partir en busca de sustento.
Pero ese día la historia cambió. Mario Rivera y un equipo de la Fundación Latinoamericana para el Desarrollo (Flades) llegaron con el objetivo de apoyar la reactivación económica en la región. Lo suyo eran proyectos agroforestales y de turismo, no la música. Sin embargo, el encuentro con los pequeños músicos abrió un nuevo camino: el de entrelazar la cultura con el desarrollo y la esperanza.
Casi cuatro años después, la música florece en Santa Ana. La escuela reúne hoy a 180 niños y adolescentes, con cinco profesores y tres orquestas consolidadas. Las tardes aneñas se llenan de jóvenes que caminan con violines, violas y chelos al hombro, y es que en cada nace un músico. La orquesta ha viajado a escenarios internacionales y ha compartido tablas con reconocidos artistas bolivianos.
“La música es el puente para que lleguen proyectos al pueblo”, dice Poquiviquí, convencido de que este legado no es solo un patrimonio cultural, sino también la llave de su pueblo hacia el futuro.
Y hoy el pueblo trabaja en torno a la música. Del 18 al 21 de septiembre será sede del Encuentro Infanto Juvenil de Orquestas de Música Barroca “Que la música no se quede sin selva”, que reunirá a siete orquestas sub-17.

Más allá de la música: semillas de futuro
“Que la selva no se quede sin música”, fue la frase que inspiró el trabajo inicial. El que comenzó con acordes y se extendió a la tierra. Hoy Flades impulsa proyectos productivos para que las familias puedan contar con cultivos sostenibles que resistan al suelo y al clima de la Chiquitanía. La vainilla, el café y la moringa se prueban en parcelas demostrativas. Aunque los resultados todavía son experimentales, la expectativa es grande.
“Queremos que las familias no solo vivan de la música, sino también de lo que siembran. La música abre puertas, pero necesitamos que tengan otras formas de subsistencia”, afirma Rivera, el director de Flades.
El legado cultural también tiene raíces profundas. Los ancianos transmitieron no solo las partituras barrocas, sino también la música tradicional, la que acompaña las fiestas, procesiones y rituales.
El fuego apagó la música
Gracias a ese trabajo, la selva no se quedó sin música. Sin embargo, estuvo y está en riesgo. El 2024 avanzaba marcado por el éxito musical. La orquesta viajó a España para actuar en diferentes escenarios. Tres orquestas aneñas habían actuado en el Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca Americana, sus solistas comenzaban a despuntar y no faltaban las giras a nivel nacional. Los videos junto a Fabio Zambrana y Milton Cortez conquistaban a cientos de personas.
Sin embargo, en agosto de 2024 los violines enmudecieron. Los incendios forestales se acercaron peligrosamente a Santa Ana, mientras San Josecito del Sarí y San Rafaelito de Suponema sufrían el impacto del fuego. Profesores, alumnos y pobladores salieron a combatir las llamas con mochilas de agua y escasas herramientas. Muchos estuvieron en primera fila. La selva ardía, el aire era irrespirable y el esfuerzo de la comunidad se dividía entre salvar sus chacos, pastizales y casas, o proteger el bosque.
Alejandro Ortiz Paticú, otro de los profesores, estaba de gira con los pequeños músicos en La Paz. Desde allí, intentaban ayudar, pero el regreso fue muy duro. “Cuando uno vuelve a su pueblo tiene que sentirse feliz. Yo solo vi tristeza. El pueblo estaba lleno de humo y vacío, todos estaban apagando incendios”.
“Aún tengo el fuego al frente”, recuerda Adalid, al evocar la desesperación por la falta de agua y la rapidez con la que avanzaban las llamas. Durante dos meses coordinó la ayuda que llegaba de diferentes lugares; la actividad musical quedó en suspenso. La pérdida del bosque y de las áreas de manejo agroforestal, fueron un golpe duro, pero también fortalecieron a la comunidad para que la historia no se repita.

Un legado entre música y naturaleza
Las Misiones Jesuíticas de Chiquitos fueron declaradas Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1990. Su legado musical, transmitido de generación en generación, sigue vivo en lugares como Santa Ana. Pero en la última década los incendios forestales han puesto en riesgo tanto el bosque como la vida cultural que late en él.

Es vital que no se repita la historia de 2024. De esa urgencia nació el lema del Encuentro Infanto Juvenil de Orquestas de Música Barroca: “Que la música no se quede sin selva”. Durante cuatro días, siete escuelas de música mostrarán su talento y cerrarán con un gran ensamble interpretando la Oda a la Alegría, como símbolo de unidad y celebración.
El evento también busca sembrar conciencia ambiental: que cada nota recuerde que sin bosque no hay música, y que la armonía entre tradición y naturaleza es la única forma de preservar el legado misional.
“Nuestros abuelos nos dejaron la tarea de mantener viva esta música y este bosque. Esa es nuestra cruzada”, afirma Poquiviquí. Y en eso está Santa Ana.
