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Cuando la biología sorprende

Cecilia González Paredes
Biotécnologa y divulgadora científica

Cuando llevé la materia de genética aprendí las tres leyes de Mendel sobre cómo son heredados los genes en la prole. Si bien pasaron un poco desapercibidas desde 1866, las mismas fueron más reconocidas a partir del nuevo siglo y desde entonces –todos los que aprendimos genética hasta hace unos años– la teníamos clara. Estas tres leyes estaban escritas sobre piedra.​

Con la llegada de las tijeras genéticas (CRISPR-CAS), que permiten editar cualquier gen a elección en seres vivos, entendimos que lo que perduró por más de un siglo podía ser refutado y cambiado. El carácter que quisiéramos podría ser heredado en el porcentaje que más nos pueda convenir.

Es el caso del control biológico que se realiza en algunas regiones en Brasil y el estado de Florida en EEUU, donde los mosquitos hembra no tienen una descendencia mixta. Con la edición genética se puede lograr que toda la descendencia sea macho y así evitar que se transmita el vector de la malaria, con un ahorro en salud pública considerable.

​Lo mismo ocurría con el dogma central de la biología molecular, descrito allá por 1958, que establecía que la información genética fluye en una sola dirección –del ADN al ARN y de este a la proteína, o del ARN directamente a la proteína–. Casi por un siglo se mantuvo esta enseñanza sobre piedra, considerando que un flujo en reversa era imposible. Pero en ciencia, nada es definitivo hasta que pueda ser refutado.

​Son estas verdades, aparentemente inamovibles, las que pueden ser confrontadas. En este caso, ha sido gracias al trabajo de un equipo de científicos de la Universidad de Chicago y del Laboratorio Nacional Argonne, en Estados Unidos, cuyos hallazgos fueron publicados en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences y divulgados luego por Science.

Lo que encontraron no fue una rareza menor, sino una maquinaria bacteriana capaz de producir ADN de una forma que no encaja en el esquema tradicional: una proteína que, en vez de limitarse a ejecutar instrucciones, ayuda a escribirlas.

​La escena es fascinante porque no se trata de una excepción anecdótica, sino de una estrategia de defensa de ciertas bacterias frente a virus que las infectan. En otras palabras, no estamos ante un mecanismo común en todo ser vivo, sino ante una herramienta muy específica de algunos microorganismos que han aprendido a responder a la amenaza viral con una solución bioquímica inesperada. Y esa precisión importa: lo que se descubrió no redefine toda la biología de la vida, pero sí nos obliga a reescribir una parte del guion que creíamos cerrado.

​En términos simples, el hallazgo muestra que la naturaleza no solo copia información, también puede fabricarla siguiendo rutas alternativas. Lo que parecía una ley cerrada –ADN, ARN, proteína, y no al revés– resulta ser más flexible de lo que se pensaba. Esa flexibilidad no es un capricho; es una respuesta final a la presión que ejercen los virus sobre las bacterias desde hace millones de años.

​¿Y por qué importa fuera del laboratorio? Porque cada vez que la biología descubre un mecanismo nuevo, se abre una puerta tecnológica. Si esta maquinaria puede entenderse y reprogramarse podría servir para diseñar moléculas de ADN de manera controlada, crear herramientas de biología sintética o incluso inspirar materiales y sistemas útiles en medicina y biotecnología. Como ocurrió con CRISPR, primero aparece la sorpresa y después la aplicación.

​Así que el dogma central no cayó, pero sí fue desafiado en un punto muy sensible. Y eso es suficiente para recordarnos que la ciencia avanza no solo cuando confirma lo que sabe, sino cuando se atreve a mirar con seriedad aquello que parecía imposible.

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