ORQUESTA. Lo que comenzó como una posibilidad, hoy suma 33 temporadas, 245 conciertos y más de 143 mil espectadores, consolidando un proyecto cultural que sigue mirando al futuro.
Karina Vargas Alba
Hay sueños que nacen por casualidad, pero que en el camino toman fuerza y crecen. Hace 10 años, Isaac Terceros decía “yo tengo un sueño”, y ese era formar una orquesta filarmónica estable, que los músicos pudieran vivir de su trabajo y que Santa Cruz de la Sierra tuviera un teatro para la música, con la acústica y los espacios necesarios para llevar las notas a su máxima expresión.
Esa convicción tuvo su primera chispa entre marzo y abril de 2016. Un grupo de músicos y cantantes se reunió para presentar El Mesías en la iglesia La Merced. La unión surgió más por amistad, pero sin sospecharlo, allí nacía una historia musical que está marcando a la ciudad. Esa orquesta sin nombre y el coro que se conformó en torno a “Entre Cantos”, reunieron el talento de 55 personas.
La presentación salió bien. Lo suficiente como para que, al terminar, surgiera una pregunta desafiante: “Oye, es bonito esto. Nos gusta. ¿Por qué no seguimos tocando?”. Y surgió el sueño que sólo se explica desde la pasión o la locura, o desde ambas, pues “se nos vino la loca idea de hacer Carmina Burana”, recuerda hoy Isaac Terceros, director de la consolidada Orquesta Filarmónica de Santa Cruz de la Sierra.
Con esa combinación, surgió un gran sueño que por estos días celebra diez años, con avances, pero también con pendientes. Hoy existe una orquesta estable, un público fiel, centenares de artistas que han compartido escenario y una propuesta que incorporó la música sinfónica en sus diferentes versiones, desde la clásica hasta la contemporánea y folclórica.

Carmina Burana no era una obra menor. Para montarla hubo que multiplicar fuerzas, convocar más voces y músicos, incorporar un coro de niños y empujar una maquinaria humana y artística mucho más grande de lo que parecía posible en ese momento. Al final fueron alrededor de 120 personas en el coro, unas 70 en la orquesta y una energía colectiva que terminó de darle forma al sueño.
La idea inicial era hacer dos conciertos en la Casa de la Cultura, pero los artistas no entraban en el lugar. El teatro Eagles fue la alternativa, con mayores exigencias y costos. Terceros no recuerda cómo consiguieron el dinero para el alquiler, pero sí que el público los desbordó; los dos conciertos previstos se convirtieron en cuatro.
“Todas las noches llenitas, llenas, llenas”, recuerda el director. El público no solo asistió: confirmó que había espacio, deseo y necesidad de una propuesta así. “Esa energía fue la que nos permite trabajar hasta hoy”.

Una década de esfuerzo
Poco a poco pasaron 33 temporadas y 245 conciertos con una diversidad de ritmos y estilos, que fueron desde los grandes compositores de música clásica, hasta melodías de películas, videojuegos o las funciones dedicadas a los ritmos orientales. La premisa fue integrar a diferentes públicos, a grandes y chicos en la difusión de 1.479 obras.
Más de 143 mil personas han sido parte del público, pero esta década es mucho más que música. La Filarmónica logró establecer un ecosistema que fluye desde un elenco estable, una red de colaboradores y auspiciadores, y un equipo técnico y humano que hace posible lo que el público presencia, pero que implica ensayos, traslados, gestiones, alianzas, financiamiento, arreglos, producción, formación y, ante todo, persistencia.
Isaac lo expresa con una metáfora futbolística: “Cuando uno encuentra al equipo, sabe qué jugador juega en cada posición y si uno entrena, entrena, entrena, ese equipo va a ser un equipo ganador”. Para él, uno de los mayores logros de esta década ha sido precisamente ese: haber consolidado un elenco estable tanto en el coro como en la orquesta. “Eso es un golazo en Santa Cruz”.
Hay otro “golazo”: que todos los músicos de la orquesta reciban un honorario por tocar. Terceros reconoce que el monto no responde al esfuerzo y al tiempo que entregan, pero representa la convicción de que “el arte debe ser reconocido, debe ser recompensado”. No obstante, aún falta recorrido para lograr que los músicos puedan vivir plenamente de su actividad, que demanda horas y horas de ensayo, formación y dedicación.
“La ciudad, el departamento y el país deben entender que una orquesta no solo produce conciertos: forma profesionales, genera circulación cultural, eleva la conversación pública y crea pertenencia”, afirma el director y recuerda lo que le dijo un maestro hace poco en Estados Unidos, donde continúa su formación. “Nosotros no curamos el cáncer, pero inspiramos a las personas que lo curan”.
Los temas pendientes
La ruta hacia la consolidación de una filarmónica, no solo demanda recursos, los que durante este tiempo han llegado fundamentalmente del sector privado y, en menor medida, del público. Se requiere también una institucionalidad que permita contar con ítems públicos o alianzas público-privadas que permitan cubrir honorarios, costos de producción, salas e instrumentos. E insiste en el sueño pendiente, el teatro.
“Santa Cruz merece un teatro de la ciudad, un teatro digno de hacer música de concierto”, afirma Isaac.
La Filarmónica ha encontrado en el teatro del Santa Cruz Cooperative School un espacio importante, casi una casa. Pero no basta, ante un público más exigente y los requerimientos acústicos, técnicos y artísticos. Por ello, cada concierto demanda una verdadera ingeniería de producción y la consolidación de un equipo de trabajo que debe funcionar como reloj.
Raquel Terceros es parte esencial de ese engranaje. Ella tocaba el violín, pero pronto se volcó a la coordinación y la producción, un terreno menos visible pero decisivo. Desde ahí ha visto cómo una idea artística necesita volverse método y tener cronograma, presupuesto, logística, proveedores, equipos y procesos simultáneos. “El mayor desafío es mantener todas esas ruedas en funcionamiento y coordinadas”, dice.
Por ello, remarca que la Filarmónica no solo ha formado músicos, también ha ido formando en áreas que casi no existían como especialización local. “Uno dice: necesito contratar un abogado y te llegan 50 opciones. Pero uno dice: necesito un productor de orquesta y nadie sabe producir orquesta”, por lo que hubo que enseñar al mercado cómo funciona este rubro y construir capacidades.
En el día a día, se enfrentan dificultades que no deben afectar los ensayos. Por ejemplo, la falta de salas para practicar en paralelo, la necesidad de mover instrumentos, equipos y personal de un espacio a otro, el tiempo de montaje y desmontaje, o las limitaciones técnicas de los teatros disponibles.
Plataforma de encuentro y colaboración
Y, sin embargo, el sueño avanza. En estos diez años, la Filarmónica entendió que también puede ser una plataforma de encuentro. Una estructura abierta capaz de dialogar con la música clásica, con la popular, con el repertorio tradicional del oriente boliviano y con escenarios que hace algunos años habrían parecido impensables.
“Tocamos con Yandel para 15.000 personas hace dos semanas en Carnaval”, dice aún asombrado Isaac. Ese día fue diferente: “el público no veía una orquesta importada ni ajena; veía a la suya. La gente decía ‘esos de ahí son nuestros. Está mi amiga, está mi amigo’, fue increíble”.
A su juicio, esto también refleja que la ciudad ha ido reconociendo como propia a la Filarmónica, y se ha producido un cambio generacional. Si antes buena parte de los referentes musicales profesionales eran extranjeros -cubanos, argentinos, polacos, venezolanos-, hoy existe una generación de músicos bolivianos que decidió apostar de lleno por la música como profesión.
Isaac relata que hace pocos días un integrante del coro le dijo que en 2016 él lo invitó a cantar y esa invitación le cambió la vida. “Desde entonces solo hice música, mantengo a mi familia con la música”, afirmó.
Un espacio de formación
La orquesta también fue construyendo un programa sostenido de formación y especialización. Intercambios con universidades internacionales, maestros invitados, becas y viajes de capacitación a Argentina, Brasil, Chile, Estados Unidos y Europa, además de las Jornadas Internacionales de Formación Orquestal, la han convertido en un espacio de conocimiento.

Raquel afirma que estos 28 programas de formación se han centrado en el perfeccionamiento y transferencia para músicos ya avanzados, que luego replican ese aprendizaje en otros elencos y espacios de enseñanza, en un proceso que también los conecta con otras orquestas, en un proceso constante de colaboración.
Todo lo logrado, es resultado del trabajo en equipo y un grupo de “motorcitos” que son parte del progreso de la orquesta, como Claudia y Ana Salek, Carolina Francisquini, Ariel Muñoz, Javier González, Carmen Urenda y muchos más, además del directorio encabezado por Rubén Darío Ortiz, y las figuras artísticas, como Cristina Zankis y Karina Troiano, junto al equipo de comunicación y muchos otros.
“Esto se construye solamente en equipo”, afirma Isaac. “Lo dan todo, sacrificando fines de semana, feriados, vacaciones. Eso no se encuentra a menudo”, agrega Raquel.

Celebrando en el origen
Motivos más que suficientes para celebrar. Y nada mejor que hacerlo con Carmina Burana, un espectáculo de 70 minutos que reunirá a más de 200 músicos y coreautas para volver a los inicios de la Filarmónica. Volver al debut, servirá para evaluar el camino recorrido y “la calidad, la madurez musical, el aprendizaje y el conocimiento del equipo”, afirma Raquel.
Por ahora, ya hay similitudes. Como en 2016, hubo que adicionar una función. Tal vez quienes estuvieron, como músicos o público, en el debut, por estos días puedan marcar esas diferencias y, sin olvidar las tareas pendientes, ver cuánto del sueño ya es realidad.
