CONSERVACIÓN. TREES Chiquitanía cuenta con el apoyo del Banco Mundial y el financiamiento de Japón. Será ejecutado por FCBC hasta 2029 y considera diversos componentes.
Veintidós comunidades indígenas chiquitanas están trabajando para restaurar sus bosques y proteger sus cuencas, poner en valor sus medios de vida y empoderar a mujeres y jóvenes. Están ubicadas en territorios que fueron de los más afectados por los incendios forestales de 2024 y comparten el bosque seco chiquitano, un ecosistema único que hoy encuentra en la almendra chiquitana, la mangaba o el cusi, algunos de los productos que pueden hacer la diferencia y convertirse en el pasaje a un futuro sostenible.
El Proyecto TREES Chiquitanía («Restauración focalizada y mejora económica de los bosques de la Chiquitanía para la sostenibilidad») se comenzó a ejecutar el 23 de febrero y se prolongará hasta fines de 2026, con un financiamiento de cinco millones de dólares, proveniente de una donación del Gobierno de Japón. Cuenta con el apoyo del Banco Mundial y tiene como agencia implementadora a la Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano (FCBC).
La propuesta parte de una premisa central: en una región donde los incendios, la sequía y la ocupación indebida del territorio han deteriorado ecosistemas y golpeado a miles de familias, la restauración no puede pensarse de forma aislada. Debe ir de la mano de alternativas económicas sostenibles, del fortalecimiento comunitario y de una mejor gestión del fuego.
Las 22 comunidades seleccionadas no solo serán beneficiarias directas. Su experiencia y aprendizajes tendrán la posibilidad de escalar a otras zonas de características similares, incluso más allá de la Chiquitanía, proyectándose hacia la Amazonía boliviana.
Trabajo en cuatro zonas
El proyecto identificó cuatro territorios con perfiles productivos distintos, pero con una amenaza común: los reiterados incendios forestales y la degradación del entorno, lo que se refleja -por ejemplo- en la afectación de los sistemas de provisión de agua. En conjunto, abarcan más de 600.000 hectáreas de bosques secos y paisajes en mosaicos en los municipios de San Ramón, San Javier, Concepción, San Ignacio, San Miguel y San Rafael; y agrupan a más de 5.500 pobladores altamente vulnerables a la potencial exclusión de mercados y frente a los riesgos climáticos.
En esos territorios, entre 2001 y 2024, más de la mitad de estas áreas sufrieron al menos un incendio y algunas zonas registraron hasta 12 siniestros. Esto afectó también sus recursos hídricos, además del capital cultural y natural, explicó el director ejecutivo de FCBC, Roberto Vides.
Los bloques
Uno de esos bloques se ubica en Palmarito de la Frontera, en la zona limítrofe entre Concepción y San Ignacio de Velasco. Allí, existen experiencias incipientes de aprovechamiento de recursos silvestres, entre ellos los acopiadores de almendra chiquitana y del isotobubo en Santa Rosa de la Mina, entre otros productos del bosque.
Otro bloque está en Alto Paraguá, en comunidades como Colorado y Campamento, donde se trabaja con cusi, viveros agroforestales y hoy promueven derivados de los productos de la zona, como la harina de plátano y las mermeladas. En esta zona también se busca reforzar acciones de restauración en áreas impactadas por los incendios, especialmente los de 2019.
El tercer bloque está en el área de influencia de la laguna Marfil, donde varias comunidades cosechan y procesan una fruta silvestre aún poco conocida, pero con creciente interés en círculos gastronómicos de alto nivel en Santa Cruz y La Paz: la mangaba. La apuesta es fortalecer su procesamiento y avanzar en el desarrollo de pulpas congeladas comercializables.
El cuarto bloque se extiende por la parte sur de San Ignacio de Velasco e incluye comunidades también vinculadas a San Miguel y San Rafael, donde el trabajo más consolidado gira en torno a la almendra chiquitana y sus derivados.
Durante el desarrollo del proyecto, la oficina central estará en San Ignacio de Velasco, con un punto de enlace en Concepción, desde los cuales también se buscará establecer convenios con los municipios.
Mizushi Satoh, especialista ambiental senior del BM, explicó que estas potencialidades pueden abrir la puerta para nuevos fondos, provenientes -por ejemplo- de la Corporación Financiera Internacional (IFC), que es parte del BM y apoya al sector privado en mercados emergentes.

De la emergencia a la autogestión
El diseño del proyecto, que demandó un año de trabajo, responde a una realidad repetida tras grandes incendios, como los de 2019 y 2024: la ayuda inmediata suele concentrarse en alimentos, agua y semillas para recuperar chacos. Sin embargo, el objetivo ahora es avanzar hacia una mayor autogestión comunitaria, de manera que las familias cuenten con medios para sostener su recuperación y reducir su dependencia frente a futuras emergencias, explicó Vides.
Por eso, el proyecto combinará el desarrollo de sistemas agroforestales en los chacos de los pobladores, restauración asistida con especies útiles y apoyo a cadenas de valor que permitan generar ingresos. La lógica es que la recuperación del bosque y la recuperación económica no compitan entre sí, sino que se complementen y refuercen.
Del bosque al mercado
Uno de los componentes centrales de la iniciativa es el desarrollo de cadenas de valor basadas en productos forestales no maderables. Entre los productos con mayor potencial destaca la almendra chiquitana, que podría convertirse en un producto emblemático del bosque seco chiquitano.
De acuerdo con un estudio realizado por Conservation Strategy Fund, algunas de estas cadenas productivas tienen capacidad de escalar hacia mercados más amplios. Por ejemplo, existe la convicción de que al final de los cuatro años del proyecto, la almendra chiquitana será un producto estrella del departamento y de Bolivia.
Pero no es la única. La lista incluye otros que hoy se conocen a nivel local, pero pueden tener un gran potencial -especialmente en el ambiente gastronómico-, como la mangaba, el isotobubo, el aceite de cusi y sus derivados -que hoy Brasil exporta con éxito- y, en general, el uso de frutos silvestres para la elaboración de pulpas y derivados.

Restaurar el bosque y prevenir incendios
Más allá del desarrollo productivo, el proyecto busca enfrentar uno de los problemas más graves de estos territorios: la degradación de los bosques por incendios y sequías. Por ello, más de dos millones de dólares del presupuesto se destinarán a restauración ecológica, a través de la creación de viveros comunitarios, la restauración asistida de áreas degradadas, el desarrollo de sistemas agroforestales en chacos y la reforestación con especies nativas de valor económico.
Esto bajo la convicción de que, si las comunidades cuentan con ingresos sostenibles vinculados al bosque, disminuye la presión sobre el territorio y se crean incentivos para protegerlo, alejando la posibilidad de cambios en el uso de suelo. El proyecto también incorpora un componente de manejo integral del fuego, con capacitación, monitoreo y equipamiento para brigadas comunitarias y municipales.
Vides explicó que el uso de fuego es una práctica tradicional en las comunidades indígenas y entre los pequeños productores, pero se requieren técnicas y condiciones adecuadas para su aplicación, con el objetivo de que no se repita la destrucción de los últimos años, que -solo en 2024- significó la pérdida de más de 8 millones de hectáreas en la Chiquitanía y la afectación directa a 4.000 familias. Además, es esencial revisar la normativa nacional y garantizar la tenencia de la tierra para que las comunidades indígenas puedan desarrollar este tipo de proyectos.

Mujeres y jóvenes en el centro
El programa tiene además un fuerte enfoque social. El Banco Mundial ha establecido metas específicas para asegurar la participación de mujeres y jóvenes. La meta es que al menos el 50% de los beneficiarios directos sean mujeres y una cuarta parte jóvenes.
Esto responde a dos factores clave en la región: por un lado, el rol central que las mujeres desempeñan en las economías familiares y en la transformación de productos; por otro, la necesidad de generar oportunidades que permitan reducir la migración de
Aunque el alcance territorial del proyecto es limitado, sus impulsores lo ven como una experiencia demostrativa. La intención es que las lecciones aprendidas permitan replicar el modelo en otras zonas del país, especialmente en la región amazónica que incluye Santa Cruz, Beni, Pando y el norte de La Paz.
Si los productos logran consolidarse en el mercado, incluso podría abrirse la puerta a nuevas inversiones del sector privado y a financiamiento adicional.
En un territorio marcado por incendios, conflictos de tierra y presión sobre el bosque, la apuesta del proyecto es clara: demostrar que la conservación del bosque puede ir de la mano con el desarrollo económico de las comunidades.
Foto principal: El proyecto considera que en los próximos años, la almendra chiquitana se convertirá en el producto estrella de la región y del país. Foto: FCBC
