MÚSICA. Octavio Ribera toca la batería desde los tres años. Actualmente aprende violonchelo y pronto iniciará sus clases de piano. Este viernes será parte del concierto de la OSJ.
Karina Vargas Alba
Apenas tenía dos o tres años, pero Octavio Ribera Rocha ya marcaba su propio ritmo. En la casa de su abuela, los cucharones y las ollas eran su batería improvisada. “Agarraba todo de la cocina y se lo llevaba a otro cuarto”, recuerda entre risas su padre, José Ribera. “Cuando desaparecían los utensilios, ya sabíamos quién era el responsable”.
Esas travesuras se convirtieron en el inicio de una pasión que avanza a pasos agigantados y que Octavio disfruta plenamente a sus once años. Vive en Samaipata y este martes emprendió el viaje a Santa Cruz de la Sierra para vivir una nueva aventura, el viernes estará en escena para tocar junto a la Orquesta Sinfónica Juvenil.
En los últimos días practicó bajo la mirada y el oído atentos de Pietro Sampieri, el profesor de batería con el que se encontró hace casi tres años. A pesar de su corta edad, la formación del pequeño ha sido cuidadosa. Desde hace casi ocho años, Octavio ha ido descubriendo los secretos de un instrumento que suele marcar presencia en cualquier canción; en ese camino ha desarrollado disciplina y capacidad de concentración, mientras va afinando el oído.
“No sé porqué me empezó a gustar”, dice Octavio, al concluir su ensayo diario, un día antes de viajar. “Solo sé que un día me encantó. A mí no me costó leer música, es como leer palabras, solo que con símbolos distintos”, afirma. Desde los seis años lee con soltura las partituras para su instrumento y es uno de los mejores alumnos de matemáticas, pero también disfruta con sus compañeros de sexto de primaria y no es raro encontrarlo detrás de una pelota por las calles de su pueblo.
Ensaya entre una y tres horas al día. Y su gusto por la música y su instrumento se nota en cada detalle, desde el momento en que se sienta tras los tambores y platillos y toma las baquetas. No se acelera, sigue las instrucciones de su maestro, pues sabe que debe respetar la rutina que arranca con los ejercicios de brazos para garantizar la flexibilidad y la fuerza que necesita al tocar.
No tiene ritmos favoritos y ha pasado por varios, desde salsa, reggae y boleros, hasta el rock que interpretará por estos días. Disfruta por igual los géneros que aprende, y lo hace con una combinación de intuición y técnica poco común a su edad, afirma su profesor.
“Cuando estoy en la batería siento emoción, alegría y otras cosas más”, afirma feliz Octavio.

Aprender como un niño
Detrás del avance de Octavio hay un proceso cuidadosamente acompañado. Su profesor, el músico chileno Piero Sampieri, lleva casi 13 años en Samaipata. Allí conoció a Octavio hace tres años, y desde entonces lo guía con un método que combina técnica, cercanía y paciencia. “Octavio fue mi primer alumno de acompañamiento tan estrecho. Antes daba clases más informales, una vez por semana. Con él fue distinto: tuve que desarrollar otro tipo de vínculo, casi como un coach de batería”, cuenta.
Esa experiencia coincidió con un momento personal importante: Piero acababa de convertirse en padre. “Mi cercanía con la infancia cambió mucho. Con Octavio aprendí a tener otro tacto, a entender que enseñar música a un niño no puede ser igual que hacerlo con un adulto. Hay que cuidar que siga siendo un juego, que no pierda el disfrute”, expresa.
Esa filosofía marcó el proceso. Al principio, los ensayos se centraron casi exclusivamente en la técnica. Durante más de un año y medio, Octavio se dedicó a dominar los fundamentos: la posición de las manos, la independencia de los pies, la coordinación entre los cuatro miembros. Solo después empezaron a ensamblar canciones completas.
“Tiene un talento innato, innegable, pero también es niño. No puedo ponerlo en la exigencia de un adulto. La meta no es la perfección, sino el camino, y él lo está recorriendo con alegría”, afirma el profesor.

La familia lo acompaña paso a paso
El principal impulsor del talento de Octavio, es su padre. Se emociona al recordar cada avance. Aunque no es músico, su amor por la música ha sido motor y guía. “Siempre me encantó verlo disfrutar. Para mí, lo más importante es eso: que lo haga con alegría. A veces soy yo el que se pone nervioso o termina llorando cuando lo veo tocar”, confiesa.
José recuerda que no fue sencillo encontrar un entorno adecuado para impulsar el talento de su hijo en Samaipata. “Intentamos formar un grupo con chicos de su edad, pero fue muy complicado. No había suficientes jóvenes con el mismo interés. Entonces, con el profe Piero decidimos formar una banda con músicos mayores. Eso lo ayudó muchísimo a crecer”, relata.
El trabajo conjunto con el maestro es permanente. Armaron un plan a largo plazo que abarca tanto la parte técnica como el desarrollo personal del niño. “Octavio tiene libertad para jugar, divertirse, hacer su vida de niño; pero cuando se sienta en la batería, cambia completamente. Se comporta como un adulto, concentrado, disciplinado, profesional”, afirma José.
Un futuro que suena a posibilidades
El próximo concierto con la Orquesta Sinfónica Juvenil será un hito, pero solo el punto de partida para el próximo sueño. “Siempre nos ponemos metas. Si no es un concierto, es una presentación; si no, formar una banda. Esta es la meta más alta hasta ahora, y claro que da nervios, pero también mucha emoción. Lo importante es que él disfrute y siga aprendiendo”, afirma su profesor.
Octavio ya sueña con lo que viene. Además de la batería, toca violonchelo y pronto empezará clases de piano e inglés. “Quiero ser músico”, dice sin dudar, aunque también imagina otras posibilidades, ser veterinario o arquitecto, siguiendo las actividades familiares. Su curiosidad va más allá de los instrumentos, quiere conocer el mundo.
José, por su parte, piensa en el futuro con esperanza, pero también con serenidad. “Nos gustaría que tenga la oportunidad de seguir desarrollándose, incluso en el exterior. Ya hemos tenido algunos acercamientos y lo estamos preparando para eso».
«Lo importante es que, cuando llegue el momento, tenga las bases sólidas para enfrentarse al mundo con confianza”, afirma el padre de Octavio.
Por ahora, Octavio ensaya con dedicación y se prepara para su debut con una sinfónica. Cada golpe de baqueta, cada compás que repite, es un paso más en un camino que empezó hace más de ocho años, entre cucharones y ollas, en la cocina de su abuela. Ese mismo ritmo que entonces llenaba la casa de sonidos improvisados, hoy se escucha con fuerza en un concierto o en un escenario, donde este pequeño de once años demuestra lo que se puede lograr cuando el talento se cultiva con amor y paciencia.

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