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Crónicas del Rally Solar 2026

Cecilia González Paredes
Biotecnóloga y divulgadora científica

El Rally Solar Bolivia 2026, en su edición especial por el Bicentenario denominada “Desafío de Altura”, concluyó tras una extenuante travesía de siete días y cerca de 790 kilómetros. Desde los valles hasta el gélido altiplano, llegando a Uyuni, diez equipos universitarios pusieron a prueba prototipos de movilidad sostenible. Como docente, tuve el privilegio de seguir de cerca este proceso a través de dos de mis estudiantes, que pasaron de ser estudiantes pasivos a ingenieros en la ruta y presentarme a los demás integrantes del equipo STRAHL, cuya participación nos permite asomarnos a las entrañas de la innovación boliviana.

Es imperativo reconocer que detrás de cada kilómetro recorrido hay un equipo multidisciplinario que rara vez recibe el crédito completo. En STRAHL, bajo la capitanía de Mariel Pardo, trabajaron incansablemente en el área eléctrica Esteban Gironda, Sebastián Cornejo y Alejandro Aguirre (piloto). El soporte mecánico, vital para la supervivencia del auto, estuvo en manos de Kelvin Miranda, Carlos Cadima (piloto), Carlos Marín, Rafael León y Norman Carpió. Finalmente, el área de carenado y seguridad fue gestionada por Gabriela Rodríguez, Daniela Luis y Wendy Cáseres (piloto). Cada uno de estos nombres representa una pieza fundamental en el engranaje del éxito.

Al indagar sobre la experiencia personal de estos jóvenes, las respuestas revelan una profundidad que trasciende lo técnico. Rafael León, responsable de la mecánica del equipo, me explicó con precisión quirúrgica su rol: él fue el guardián de la integridad física del vehículo. Su labor no se limitó al diseño inicial, sino a la resolución de crisis en plena ruta.

“Mi rol era ocuparme de todo el diseño mecánico y solucionar errores como la cadena, los frenos o los muñones de las llantas delanteras”, relata Rafael. Para él, esta competencia no fue solo un evento deportivo, sino un catalizador profesional.

Destaca que el éxito alcanzado ha fortalecido su relación con las autoridades de su carrera y, fundamentalmente, ha robustecido su hoja de vida. Rafael ve en el Rally una fuente de motivación vital; es la confirmación de que su carrera tiene un impacto directo en el desarrollo tecnológico del país, elevando su visión hacia un futuro profesional donde la ingeniería boliviana no tenga techos.

Por otro lado, Carlos Marín nos ofrece una perspectiva cargada de mística y perseverancia. En un testimonio, Carlos comparte su motivación. Para él, el auto solar era una leyenda universitaria que vio coronarse campeona cuando apenas iniciaba sus estudios.

“Decidí entrar por el legado que ya tenía el auto, para continuar la competencia como una nueva generación de electros”, confiesa con orgullo. El camino no fue sencillo. Carlos identifica un enemigo recurrente: la cadena del auto. “Fue un dolor de cabeza porque se soltaba constantemente”, explica. La solución no vino de un manual, sino de la inventiva pura y la perseverancia de los miembros del equipo.

Durante siete días, los competidores probaron sus vehículos en un recorrido desde los valles hasta el altiplano.

Tuvieron que diseñar tensores de cadena y frenos de mano desde cero para cumplir con reglamentos rigurosos, demostrando que la teoría del aula solo cobra vida bajo la presión de la necesidad. El conocimiento adquirido no es solo para el aula; Carlos planea que el área automotriz eléctrica sea su segunda área de especialización profesional, un campo donde Bolivia tiene un largo camino aún por recorrer.

Las voces de Rafael y Carlos son un llamado de atención. Sus testimonios subrayan que la tecnología no avanza sola; requiere de una base científica sólida, así como de apoyo institucional y privado. No basta con aplaudir la llegada a la meta; es necesario invertir en los laboratorios donde estos jóvenes diseñan sus propuestas.

El Rally Solar nos enseña que el conocimiento está ahí, vibrando en las manos de estudiantes que ajustan piezas mientras siguen cursando sus semestres. Lo que falta es un compromiso nacional que entienda que apoyar la ciencia y la tecnología no es un gasto, sino la única forma de asegurar que el próximo «Desafío de Altura» nos encuentre no solo como competidores, sino como dueños de nuestra propia soberanía tecnológica.

El futuro de Bolivia brilla tanto como el sol de Uyuni, pero solo si decidimos alimentar esos motores con el apoyo que estos talentos merecen.

Fotos: redes sociales

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