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Áreas protegidas bolivianas que sostienen el clima, el agua y las economías locales

CONSERVACIÓN. Más de 10 millones de hectáreas bajo protección, contribuyen a regular el agua, capturan carbono y sostienen economías locales. La «Hora del Planeta» convoca a visibilizarlas y cuidarlas.

El 80% de las familias del norte de Pando viven de la producción y exportación de castaña. Allí, en plena Amazonía, la naturaleza y la sociedad funcionan como un sistema integrado que ayuda a amortiguar los impactos del cambio climático, preservando los bosques y sus comunidades.

En los últimos años, Bolivia ha logrado conectar un mosaico de más de 10 millones de hectáreas de áreas protegidas nacionales, departamentales, municipales y territorios indígenas, que resguardan su biodiversidad. Allí pone el foco la “Hora del Planeta” este año y, aunque la actividad central será el sábado 28 de marzo, a partir de las 20.30, en los últimos días se han generado diversos espacios para poner en valor estos territorios que, desde la Amazonía hasta los Andes, funcionan como barreras frente al cambio climático, regulan el agua, capturan carbono y sostienen economías locales basadas en el bosque en pie.

En un contexto de crisis climática creciente, las áreas protegidas en Bolivia no son solo territorios de conservación: son sistemas vivos donde la naturaleza y las comunidades conviven en equilibrio y generan una economía que evidencia la importancia de preservar estos bosques, explicó Juliana Ewert, directora técnica de Conservación Internacional Bolivia, durante el webinar “Áreas protegidas como guardianes de la biodiversidad y el clima”, organizado en el marco de la “Hora del Planeta”.

Ewert destacó que no son espacios vacíos, sino territorios habitados, donde comunidades indígenas, productores y actores locales gestionan el bosque y sostienen economías basadas en recursos renovables como la castaña, el asaí o los sistemas agroforestales. Esto refleja que la conservación no solo protege la biodiversidad, sino que también genera ingresos y oportunidades, reduciendo los incentivos para la degradación del bosque y aportando a la sostenibilidad ambiental y el bienestar social.

“El manejo tradicional nos ayuda a mantener la cobertura boscosa, a estabilizar los suelos y apoya la regeneración, incluso en escenarios de calentamiento global acelerado como el actual”, precisó.

Pero su conservación depende de decisiones públicas, de la gobernanza territorial y, sobre todo, del compromiso cotidiano de quienes habitan y cuidan estos territorios.

Continuidad ecológica

Ewert explicó que la importancia de este mosaico, que ya se destaca en el mapa de Bolivia, es que garantiza una continuidad ecológica que se refleja en la preservación de cuencas hidrográficas que abastecen de agua a comunidades rurales y ciudades. La evidencia muestra que “las áreas protegidas mejor conservadas tienen una mayor regulación hídrica”. Además, inciden en la temperatura y la humedad, marcando la conexión -por ejemplo- entre la Amazonía y los Andes.

Asimismo, son fuente de recursos naturales renovables que sustentan economías locales basadas en la recolección, la pesca o los sistemas agroforestales. A esto se suma su rol como hábitat de especies clave como el jaguar, el oso andino, la nutria gigante, el cóndor o el águila arpía.

El ejemplo de Pando

El departamento de Pando tiene una extensión de 63.827 kilómetros cuadrados y es más grande que Costa Rica. Hoy tiene la mayor parte de su territorio bajo algún mecanismo de conservación y ha consolidado el bosque en pie como base de sus economías locales, que -por ejemplo- han convertido a Bolivia en el mayor exportador de castaña a nivel mundial.

¿Pero por qué son tan importantes las áreas protegidas frente a la crisis climática? Lo son tanto desde la mitigación como desde la adaptación, lo cual se refleja en datos concretos. Ewert explicó que las áreas protegidas y los territorios indígenas almacenan casi el 60% del carbono del bosque amazónico y que, entre 2013 y 2022, estas zonas han sido sumideros netos, incluso cuando otras áreas amazónicas eran emisoras de CO₂ debido a los incendios forestales, tanto en Bolivia como en Brasil.

En términos de adaptación, en los Andes tropicales las áreas protegidas ayudan a resguardar lagos, glaciares, bofedales y cuencas altas que alimentan los ríos que descienden hacia la Amazonía. Estos ecosistemas actúan como infraestructura natural climática, reduciendo inundaciones, regulando caudales y sosteniendo la producción agropecuaria.

“Por todo lo anterior, es evidente que proteger estos ecosistemas es mucho más eficiente y menos costoso”, aseveró.

Y las experiencias en diversas zonas de Bolivia, demuestran que es posible combinar conservación, desarrollo y gobernanza territorial. El reto es escalar estos modelos y asegurar que el bosque en pie siga siendo una oportunidad para las comunidades y una estrategia clave frente al cambio climático.

Foto principal: Este es el Distrito Cascada, en el área protegida de Palos Blancos, en La Paz. Es una de las últimas que se ha creado. Foto: Jhony Herbas.

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