CONSERVACIÓN. Rescatada del cautiverio cuando era apenas una cría, la jaguar vivió más de dos décadas en el santuario, donde se convirtió en un símbolo de resiliencia y del trabajo de rescate de fauna silvestre.
El santuario de vida silvestre Ambue Ari le dijo adiós a Amira, su reina. La jaguar vivió durante 21 años en el refugio y se convirtió en un símbolo de la resiliencia y del trabajo de rescate de la fauna silvestre en el país. Aunque nunca pudo retornar a su selva, en el lugar encontró una segunda oportunidad para disfrutar de un espacio parecido, pero diferente a aquel del que había sido sacada cuando era una cachorra.
Hoy, a través de sus redes sociales, voluntarios y cuidadores del santuario Ambue Ari, gestionado por la organización Comunidad Inti Wara Yassi (CIWY), la despidieron.
Amira llegó al santuario tras un difícil inicio de su existencia. Cuando era apenas una cachorra fue capturada y separada de su madre. Durante un tiempo permaneció en el patio de una casa en Riberalta, en contacto con seres humanos y animales domésticos, donde incluso las personas le arrojaban basura y piedras, las que le dejaron algunas lesiones. Cuando quienes la tenían decidieron deshacerse de ella e intentaron venderla, fue rescatada y trasladada a Ambue Ari, donde encontró una segunda oportunidad.
Allí pudo vivir en un entorno más cercano a su naturaleza, con espacio para caminar, nadar y explorar. Pero fue imposible que retornara a su hábitat; ya había perdido el miedo al ser humano y sus comportamientos naturales ya no eran los que necesitaba para sobrevivir en la selva.
Una reina de agua y selva
Quienes trabajaron con ella, recuerdan a Amira como una jaguar enérgica y curiosa. Una de sus actividades favoritas era nadar en su laguna o en el pequeño río dentro del recinto que habilitaron para que ella se desplazara. Disfrutaba cuando los voluntarios lanzaban troncos al agua para que ella los atrapara y luchara con ellos, sumergiéndose completamente bajo el agua antes de salir victoriosa. Después de esos juegos, solía descansar al sol, observando su territorio.
Amira también disfrutaba recorrer los senderos de su recinto. Cada árbol era una oportunidad para estirarse, probar sus garras o simplemente detenerse a observar a quienes la acompañaban, a veces con una mirada pícara que, según los voluntarios, “te robaba el corazón con la intensidad de sus hermosos ojos”.

Más de dos décadas y un legado
Con el paso de los años, su cuerpo empezó a mostrar los efectos de la edad. Aunque seguía saliendo a saludar a quienes la cuidaban, ya no podía caminar ni nadar como antes, señala la publicación de CIWY.
A los 21 años, una edad avanzada para un jaguar en cautiverio, su estado de salud se deterioró y en Ambue Ari tomaron la difícil decisión de “dejarla descansar, para que siga corriendo libre en la selva del cielo, nadando, tomando siestas y siendo finalmente libre”.
«Amira, gracias por todo lo que nos enseñaste y por cambiar tantas vidas con tu espíritu fuerte y hermoso. Nunca te olvidaremos. Corre libre. Corre salvaje», expresaron los integrantes de CIWY.
La historia de Amira recuerda las consecuencias del tráfico y la tenencia ilegal de fauna silvestre, pero también el impacto de los centros de rescate que ofrecen a estos animales una vida digna cuando ya no pueden reinsertarse en la naturaleza. Voluntarios de distintas partes del mundo aprendieron a conocerla, a respetar su carácter y a comprender, a través de su historia, el costo que tiene el tráfico de fauna silvestre.

Ella seguirá siendo la “reina” de Ambue Ari y continuará inspirando el trabajo de sus voluntarios, que hoy multiplican sus esfuerzos y el cuidado de Yaguara, una joven jaguar rescatada de los incendios de 2024 y que podría convertirse en la primera de su especie en retornar a su hábitat.
Ella logró sobrevivir y escapar de las llamas cuando apenas tenía ocho meses e inmediatamente fue derivada a Ambue Ari, manteniendo intacto su espíritu silvestre y su instinto natural. Eso podría marcar la diferencia y darle un final distinto a su historia.
Fotos: CIWY
