Antonio Eid Peredo
Comunicador
Ser subcampeones mundiales en deforestación no es un título que debamos celebrar. En Bolivia, cada hectárea de selva amazónica que se pierde no solo representa un golpe a la biodiversidad: también es un riesgo directo para la salud humana. Un estudio reciente del ISGlobal revela que por cada 1 % de aumento en la deforestación, los casos de neumonía infantil crecen un 20 %. En regiones como la Amazonía boliviana, donde las quemas y el desmonte avanzan año tras año, las consecuencias no se limitan al cambio climático: también se respiran.
Frente a ese panorama, biólogos como Vincent Vos sostienen que otra economía es posible, una que valore al bosque en pie no como obstáculo, sino como oportunidad. En lugar de desmontar para sembrar pasto o criar ganado, propone aprovechar de forma sostenible los frutos nativos: castaña, asaí, cacao, majo, copoazú, motacú y muchos otros. “Un bosque bien manejado en cinco hectáreas da más ingresos y beneficios que una vaca en la misma área”, explica Vos.
Esa comparación abre una puerta concreta para repensar el desarrollo de la amazonía boliviana. Además del potencial económico, estos ecosistemas cumplen funciones clave: regulan el ciclo del agua, fijan carbono, reducen el calor extremo y filtran el aire. Preservarlos ayuda a disminuir enfermedades respiratorias, a mantener la humedad y a contener epidemias. Como indica el informe, los efectos en salud pública de la deforestación son medibles, pero también evitables.
La paradoja es que mientras las autoridades sanitarias luchan contra enfermedades con vacunas y medicamentos, muy pocas políticas entienden que el aire limpio también salva vidas.
Una alternativa real es desarrollar bioindustrias locales que transformen estos productos con valor agregado. Ejemplos como el Fortibebé -alimento infantil hecho con frutos amazónicos- demuestran que se puede generar empleo, nutrición y salud desde el bosque, sin necesidad de talarlo. Se trata de pensar en una economía que no dependa de grandes monocultivos, sino de la diversidad que la Amazonía ya ofrece. Con visión y voluntad política, esa economía puede convertirse en política pública.
Si los bosques enferman, tarde o temprano también lo hace la sociedad. Conservar no es retroceder. Cuidar el bosque desde las decisiones del Estado hasta lo que cada uno elige consumir es cuidar la salud colectiva, generar ingresos sostenibles y enfrentar la crisis climática desde lo local.
A veces, la respuesta no está en seguir talando, sino en escuchar lo que el bosque aún tiene para ofrecer.
