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Zarina Méndez
Subgerente de Asociatividad y Negocios Verdes de FAN
Ahora bien, ser mujer y además indígena incrementa la incidencia en estos factores. Hace unos días se celebró el Día Internacional de los Pueblos Indígenas y, como suele ocurrir en estas fechas, hubo conmemoraciones, discursos y reconocimientos, como si las comunidades indígenas fueran pequeños paraísos donde la vida transcurre en armonía perfecta con la Madre Tierra, fotos que muestran: chozas ordenadas, niños descalzos sonriendo, mujeres tejiendo bajo un árbol y chacos abundantes. La realidad, muchas veces es otra.
Luz (nombre ficticio) nació en una comunidad ayorea que quedó como una isla, rodeada de extensas propiedades agrícolas extranjeras. Por la extrema pobreza de su familia, a los 14 años salió de su comunidad. Después de 16 años volvió para esperar sus últimos días: una enfermedad —dicen que VIH— la consume. Buscó formas de ganarse la vida, pero estas la llevaron a la tragedia. Hoy, su refugio es el alcohol, ese frasco blanco que a veces viene con tapa azul o roja.
Luisa (nombre ficticio), de 54 años, aunque su apariencia denota muchos más. Nació en un pueblo de la Chiquitanía. Sus 13 embarazos le robaron nutrientes, noches y sueños. No conoce la palabra “jubilación”. Se levanta a las cinco de la mañana, y su jornada nunca tiene hora fija para terminar: siempre hay un enfermo que cuidar, un nieto que criar.
Yari nació en el pueblo Chacobo. Murió a los 24 años, en el parto de su séptimo hijo, por falta de condiciones mínimas en su comunidad. Flor, del pueblo Mosetén, tiene 30 años y seis hijos. Su marido la abandonó por alguien más joven. No sabe leer ni escribir; solo trabajar el chaco, con la única certeza que tiene seis bocas que alimentar.
Estas historias, como muchas otras, no tienen la intención de pintar solo sombras, están aquí para recordar no perder el norte, aún queda mucho por hacer para generar oportunidades que permitan un futuro digno para las mujeres en las comunidades indígenas. Muchas de ellas no tienen otra opción y en el transcurso de sus vidas pasan al servicio de la familia y por encima de su desarrollo personal.
Es indudable e importante reconocer que existen casos inspiradores de mujeres líderes que han roto barreras, cuya resiliencia se convierte en un ejemplo y logran sobresalir a pesar de las adversidades. Como dijo el educador ghanés James E. Kwegyir-Aggrey: “Si educas a un hombre, educas a un individuo; pero si educas a una mujer, educas a una familia (nación)”.
El camino es amplio y complejo: mejorar el acceso a la educación, la salud, garantizar el acceso a la tierra, entre otras, es una responsabilidad de los diferentes niveles de gobierno. Mientras tanto, diferentes actores de la sociedad civil acompañan y facilitan acciones para que las mujeres indígenas tengan mayores y mejores oportunidades sociales y económicas. Porque cuando una mujer genera sus propios ingresos, la familia y los hijos se benefician directamente, y además, socialmente tiene más voz, más herramientas y más libertad para decidir.
Cuando una mujer indígena prospera, prospera su familia y comunidad. Y cuando prospera su comunidad, prospera la región y el país entero.
