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Mujeres indígenas rurales reafirman un Pacto Verde por la defensa del agua y el territorio, y un desarrollo justo

ACUERDO. Las lideresas también demandaron una participación igualitaria en la toma de decisiones. Además, impulsan la economía circular, con foco en reciclaje.

Tres años después de la Cumbre de Cusco de 2022, las voces de las mujeres indígenas rurales, ratificaron un Pacto Verde, nutrido por experiencias, testimonios y compromisos que se proyectan hacia 2030. Cuidar el agua, sus territorios y lograr un desarrollo justo y sostenible, con inclusión social y cuidando su identidad, fueron parte de sus acuerdos.

Reunidas en Santa Cruz en la III Cumbre Internacional de Mujeres Indígenas, voces provenientes de 19 territorios y seis países, se unieron para expresar no solo la urgencia de actuar ante la crisis climática, sino también la fuerza de quienes, desde hace varias generaciones, defienden la vida con organización, sabiduría ancestral y decisión

El Pacto Verde hizo un llamado urgente a cuidar el agua como bien común y resistir su privatización. Aseveraron que “cada gota cuidada es un acto de justicia” y expresaron que seguirán fortaleciendo sistemas comunitarios de gestión hídrica con participación de mujeres, además de recuperar tecnologías ancestrales para conservar las fuentes de agua y proteger cuencas y humedades frente a amenazas extractivistas.

Defensa del bosque y economía circular

El pacto también reivindica la defensa de los bosques frente a incendios y deforestación. Las mujeres que actúan como bomberas comunitarias compartieron su experiencia, reflejando la compleja situación de sus comunidades. Por ello, asumieron el compromiso de restaurar ecosistemas con especies nativas y prácticas agroecológicas, además de mantener la vigilancia comunitaria para detener la deforestación.

Otro de los ejes de la declaración se centra en la creación de economías circulares y regenerativas. Esto implica avanzar hacia la agroecología y los emprendimientos verdes liderados por mujeres, con foco en el principio de Basura 0, creando redes de comercio justo y cooperativas de reciclaje, con la certeza de que es posible transformar los residuos en oportunidades,

La defensa del territorio fue expresada no solo como una acción política, sino también espiritual y cultural, por lo cual el compromiso es a tomar acción para exigir justicia ambiental y climática. “El territorio es más que tierra, es cuerpo vivo; es cultura, es historia, es identidad y es futuro”, señala el documento.

Las mujeres de diferentes regiones expresaron sus sueños y se comprometieron con una causa común.

Mujeres protagonistas

Finalmente, la Cumbre puso en el centro la voz de las mujeres indígenas como protagonistas en la toma de decisiones, por lo cual demandaron representación paritaria, el cumplimiento del Acuerdo de Escazú y una participación activa en foros globales como las Conferencias de las Partes de las Naciones Unidas (COP).

La acción, subrayaron, debe darse en todos los niveles: en los hogares, con prácticas de consumo responsable y enseñanza a las nuevas generaciones; en las comunidades, apoyando a las organizaciones de mujeres; en los municipios, incidiendo en políticas públicas locales; y en el ámbito internacional, sumándose a redes y espacios globales.

Además, hicieron un llamado al mundo: se requiere financiamiento para proyectos liderados por mujeres indígenas y rurales, el reconocimiento jurídico de los derechos territoriales y la protección efectiva a las defensoras ambientales.

Consecuencias comunes

Desde sus territorios, las mujeres indígenas enfrentan las consecuencias más graves del cambio climático: sequías, heladas, incendios, pérdida de biodiversidad, contaminación del agua y la expansión extractivista.

María Angélica Cruz, secretaria de Relaciones de la Federación Provincial de Trabajadores Agrarios de Aroma-Bartolina Sisa, de La Paz, dijo que su región sufre constantemente las consecuencias del cambio climático: “Las granizadas y las lluvias fuertes inundan nuestra producción, y el Gobierno Municipal nos colabora con pocas cosas. Nosotras queremos semillas, pero ellos nos dan arroz y azúcar para sobrevivir unos días».

También expresó su preocupación por garantizar la seguridad alimentaria para sus familias. No obstante, la deforestación, la minería ilegal, la contaminación del agua y del aire son un obstáculo constante.

Al respecto, Zulya Dogiramá, representante de las mujeres indígenas ante el municipio Juradó de Colombia, contó una realidad no muy diferente a la de Bolivia. Sostuvo que el cambio climático impactó de manera desigual a sus comunidades, siendo las más afectadas las mujeres y los jóvenes.

Durante cuatro jornadas también contaron buenas prácticas que están desarrollando en sus comunidades.

Soluciones compartidas

Durante los conversatorios, las mujeres compartieron iniciativas que demuestran que las soluciones están en marcha. Dogiramá contó que trabajan en huertos urbanos, reforestación y el cuidado de las fuentes de agua. Concepción Zurita, secretaria de Medio Ambiente del Sindicato Agrario de Punilla, Santa Cruz, dijo que crearon sus propios estatutos para cuidar la naturaleza.

La propuesta de Angélica Cruz pasa por crear comités mixtos de jóvenes y mujeres para planificar y ejecutar iniciativas en zonas urbanas. También planteó que se creen microseguros y ahorros comunitarios para enfrentar desastres climáticos y pérdidas por eventos extremos. También pretenden que se impulse prácticas de manejo eficiente de agua, captación de agua de lluvia y riego por goteo y compostaje.

Otras propuestas incluyen leyes autonómicas contra la quema y la contaminación, proyectos de educación climática, ciencia ciudadana, vigilancia pública del agua y planes comunitarios para proteger la biodiversidad. La juventud indígena también se hizo presente con una energía transformadora, usando la tecnología, las redes sociales y el trabajo en red como herramientas de movilización y acción.

Con datos de Portal Verde y Sumando Voces

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