INVESTIGADORA. La hidrogeóloga recibió el Premio Marie Curie de la Academia de Ciencias Nacional de Ciencias por su aporte a la gestión del agua en la Chiquitanía.
Karina Vargas Alba
El agua es un elemento más que vital para Mónica Guzmán Rojo. Es el motor de su carrera profesional y la fuerza que la ha llevado a impulsar acciones para mejorar el acceso y la calidad del agua en diversas comunidades afectadas por incendios forestales. Desde hace siete años trabaja en la Chiquitanía y, junto a sus alumnos y otros investigadores, logró diseñar un modelo que permite establecer la situación de las aguas subterráneas, las “invisibles”, y dejar en claro esa compleja conexión entre los incendios y la reducción de los cauces.
Este 24 de septiembre, la hidrogeóloga recibió el premio Marie Curie 2025 de la Academia Nacional de Ciencias de Bolivia, por su aporte pionero en el estudio y la protección de las aguas subterráneas en Bolivia, con un trabajo que ha transformado la manera en que comunidades de la Chiquitanía entienden, valoran y cuidan este recurso vital.
Guzmán nació en Camiri y luego de estudiar en Sucre, retornó a Santa Cruz casi por casualidad hace 14 años. Tras completar sus estudios en Ingeniería Civil con especialidad en hidráulica, descubrió su verdadera vocación durante una maestría en hidrogeología realizada entre la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca y la Universidad de Calgary (Canadá). Ese fue el punto de inflexión. Desde entonces, su carrera se centró en estudiar el agua invisible: las aguas subterráneas que sostienen ríos, manantiales y pozos, y que resultan esenciales para enfrentar la crisis climática.
Retornó a su departamento y comenzó a trabajar en la Gobernación. Tiempo después pasó a la Universidad Católica Boliviana (UCB), donde realizó su tesis doctoral. Un camino que la enorgullece al recordar sus inicios en una carrera tradicionalmente de varones, donde asegura que no tuvo mayores inconvenientes para avanzar. Así logró vencer los temores iniciales de su mamá, pero reconoce que había actitudes naturalizadas respecto de los roles de género.
El encuentro con San José de Chiquitos
Hace siete años, una nueva casualidad la llevó a San José de Chiquitos. Ese fue uno de los cuatro lugares elegidos para realizar un piloto y, mientras viajaba, Mónica sólo pensaba «ojalá que la gente se nutra de aguas subterráneas». Encontró mucho más que un objeto de estudio: descubrió un laboratorio vivo de interacción entre la ciencia y el conocimiento local, aprendiendo cosas simples, como que allá la dolomita era la roca rosada.
“Antes de San José trabajaba de manera muy técnica y metódica, sin hablar demasiado con la gente. Pero allí entendí que nadie conoce mejor un acuífero que quienes viven sobre él”, explica.
Esta interacción con las comunidades no solo enriqueció su investigación, sino que permitió avanzar hacia logros concretos de gestión del agua. Entre esos avances se destacan la inclusión de los manantiales del Sutó como zona de protección estricta dentro del área protegida Santa Cruz la Vieja, y la aprobación de una Ley Municipal de Protección de Zonas de Recarga y Fuentes de Agua, que por primera vez en Bolivia reconoce la relación entre los incendios forestales y la vulnerabilidad hídrica.
Además, la ley define la conformación de un observatorio del agua, integrado por actores locales que aportan criterios técnicos para perforación de pozos, reforestación hidrológica y manejo de fuentes.
Hoy la emociona ver cómo las autoridades y pobladores conocen y pueden explicar detalladamente cómo funcionan sus cursos de agua y tienen claro que “el agua se comienza a reducir después de un incendio forestal. El fuego le hace daño al agua”.

El agua como eje de resiliencia
Para Guzmán, visibilizar las aguas subterráneas es clave para la sostenibilidad. “En Bolivia llueve tres o cuatro meses al año, pero tomamos agua los doce meses gracias al agua subterránea. Es la esponja que amortigua el cambio climático y nos da seguridad cuando los ríos y la lluvia escasean”.
Este trabajo no solo ha generado políticas locales innovadoras, sino también un cambio cultural. Hoy en San José de Chiquitos el agua es un tema central y compartido por autoridades, instituciones y vecinos, lo que convierte al municipio en un referente para la región.
Guzmán también forma parte del Comité de Gestión del Parque Nacional Kaa-Iya, donde da sus sugerencias para el plan de manejo del área protegida en su área, la hidrogeología.

Amortiguador del cambio climático
“El agua subterránea es el amortiguador perfecto contra el cambio climático, pero es difícil asimilarlo, porque no la ves. Nos da agua cuando no hay lluvias, cuando los ríos dejan de darnos agua, pero cuidarla no genera tanto rédito político”, afirma la hidrogeóloga.
Lamenta que “no se toma conciencia de cómo se contaminan y cuando las van a mirar, ya es demasiado tarde. En el caso de San José de Chiquitos encontramos que cada año llegan 2,5 litros menos de agua por metro cuadrado”. Esto significa que la capa freática bajó 14 centímetros en 20 años. No parece mucho, pero muchas comunidades de la serranía de San José dependen de que agua brote, y si no hay contacto con el ojo de agua, se seca la fuente, explica.
Sin embargo, la sequía o la menor cantidad de agua, no es lo único que provoca una crisis hídrica. Guzmán agrega que también inciden la falta de infraestructura y la gobernanza. En definitiva, los elementos que garantizan el acceso al agua segura, de calidad y en cantidad para todos. Y generalmente, los grupos más vulnerables son los más afectados, pues no tienen recursos para perforar un pozo profundo en el precámbrico, donde el metro de perforación cuesta 10 veces más que en Santa Cruz.

Un nuevo impulso
Al recibir el Premio Marie Curie, Guzmán lo asume como una oportunidad para dar más visibilidad al agua invisible y a la necesidad de decisiones inteligentes en la gestión del territorio, el bosque y el fuego.
“Me siento profundamente honrada. Este reconocimiento no es solo para mí, sino para las comunidades que han hecho de la gestión del agua un compromiso colectivo. El mensaje es claro: proteger el agua es proteger la vida”, afirma.
Hoy, mientras continúa con sus investigaciones, forma a nuevos hidrogeólogos, donde destaca la presencia de mujeres, y aunque son pocos, confía en que su rama se fortalezca y que, como ella, opten por quedarse en el país. Además, pertenece a diversas organizaciones internacionales que promueven el cuidado del agua.
“Estoy convencida de que desde la sociedad, desde la ciencia, desde la práctica profesional, podemos hacer fuerza para cambiar la manera en la que se hacen las cosas y podamos asegurar agua para todos”, asevera.
