INVESTIGACION. Estas dos jóvenes bolivianas hoy están fuera del país ampliando sus conocimientos. Su camino es claro: buscar soluciones para problemas reales.
Karina Vargas Alba
A Lucía Alemán Andrade le basta una pregunta para volver a ser la niña que no aceptaba respuestas rápidas y simples. “Siento que para mí no es suficiente saber el qué, siempre voy más allá, al por qué”, afirma. Y ese impulso fue el que terminó encaminándola hacia la ciencia en un campo poco visible, pero decisivo para el futuro del país: el agua subterránea.
La vocación de Lorena Mancilla Flores nació en medio de los juegos. “Cuando tenía unos 6 años inventé un carrito con unos discos, con botellas”, recuerda. Ahí nació su deseo de “ser inventora” y hoy desarrolla una investigación científica en Chile, donde trabaja con células y técnicas que, por ahora, siguen siendo poco accesibles en Bolivia.
Sus rutas tienen coincidencias: hay curiosidad, disciplina, constancia y mentores. También contrastes. Mientras Lucía estudia “agua subterránea y cambio global” en una maestría Erasmus que la llevó por Portugal, Países Bajos y ahora por Alemania, Lorena vive largas jornadas de laboratorio en Santiago, Chile, mirando al corazón de las células porque la ciencia demanda dedicación, tiempo y paciencia.
Ellas son ejemplo de que el talento y el conocimiento pueden generar impacto desde la ciencia. En este 11 de febrero, en que se conmemora el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, sus historias nos permiten conocer qué significa entrar a la ciencia desde Bolivia, cuáles son las oportunidades y las barreras, y más aún, cuánto incide ser mujer.
Dos rutas en la ciencia
Eligieron rutas diferentes, pero igual de desafiantes. Lucía mira hacia lo que ocurre bajo nuestros pies, en los acuíferos subterráneos, esenciales para garantizar la provisión de agua en cantidad y calidad. Lorena se enfoca en lo que sucede dentro de una célula, en investigaciones que buscan entender cómo fortalecer la respuesta del cuerpo frente al cáncer.
Lucía nació en Cochabamba y estudió en la Universidad Católica Boliviana de esa ciudad. Antes de pensar en una maestría, ya sentía que el ambiente era parte de su vida cotidiana, porque en su ciudad el agua es una preocupación constante. Empezó a estudiar ingeniería civil con la idea de hacer “estructuras ecológicas”, pero hubo un momento de quiebre, en el que el agua dejó de ser un tema general y se volvió en su principal interés.
Al buscar una pasantía, tenía claro que no iría a una constructora. Un docente de ingeniería ambiental la encaminó a un proyecto en la Cuenca de Tiraque, donde había que medir la resistencia del suelo con una tecnología específica para identificar posibles acuíferos. Por primera vez tuvo contacto con una comunidad y aprendió su primer lección: no es solo ir, tomar datos y entregarlos, es un trabajo en conjunto que lleva tiempo.
Allí decidió enfocar su tesis en la relación del río Rocha y los acuíferos someros en una zona de producción agrícola y lechera. Además, inició un período en Water For People, donde luego se quedó como consultora y trabajó en el desarrollo de los planes de agua, en contacto permanente con la comunidad.

Ese período definió lo que quería hacer. “El agua es vida. Sin agua no podemos vivir”, afirma y pone su trabajo en el contexto del cambio climático y la contaminación. Estudiar el agua subterránea no es solo un tema técnico, sino una forma de entender y cuidar una reserva estratégica, pues es “algo que nos ha regalado la tierra”.
Mientras avanza en su maestría, ya piensa en un doctorado y un trabajo científico que no se encierre en lo técnico.
“No basta la parte técnica, hay que trabajar de manera integral, tomando en cuenta el ecosistema y lo socioeconómico”, explica.
Su ruta es clara: terminar la maestría, volver a Bolivia este año, buscar trabajo vinculado al tema y seguir postulando a un doctorado.

Mirando al corazón de las células
Lorena pasa sus jornadas en un laboratorio, con protocolos y equipamiento de alta especialización. Estudia biotecnología en la Universidad Católica Boliviana de Santa Cruz y por estos días realiza su tesis en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. Su tesis busca evaluar el fenotipo y la activación de linfocitos T al inhibir el desarrollo de células de cáncer de colon. Es decir: observar qué ocurre si se frena el efecto de una proteína que favorece el desarrollo células cancerígenas, y si eso ayuda a las células defensoras del cuerpo para frenar esta enfermedad.
Llegar a este punto no fue fácil. Antes de biotecnología estuvo en mecatrónica y, por primera vez, allí sintió una barrera relacionada con género y entorno. Por ello, el salto a biotecnología tuvo una mezcla de intuición y plan de vida.

Ella quería ciencia, pero también estabilidad. “La ciencia es mi pasión, pero también me gusta saber que en biotecnología uno no se ve limitado económicamente”, afirma. Le interesa seguir trabajando en el área de salud -reproducción asistida, fertilidad, envejecimiento y cáncer-, porque esto también está asociado al cuidado, bienestar y calidad de vida.
El talento y la vocación no bastan
Lucía y Lorena comparten una realidad: hacer ciencia cuesta y más aún cuando no hay condiciones o son insuficientes.
“Estudiar el agua subterránea es muy costoso y en Bolivia debemos ser creativos para idear aparatos y formas de investigación, porque muchas veces no hay presupuesto. Pero no es imposible”, afirma Lucía.
Lorena describe algo similar. En el laboratorio de Chile accedió a técnicas y equipos que no conocía: citometría de flujo, análisis “single cell” (una célula y no un conjunto), equipos para metabolismo celular.
Y destaca lo que sucede en ese país, “hay muchos fondos de financiamiento para hacer investigación científica, las universidades tienen equipos nuevos y capacitaciones”. La diferencia no es solo tecnológica; es estructural y de políticas públicas.
Esa brecha también explica por qué un proyecto puede quedarse a medias aunque haya capacidad. Lorena participó en iGEM, una competencia internacional de ingeniería genética, con un equipo multidisciplinario. Lograron la medalla de plata solo porque no lograron desarrollar completamente el biosensor debido a la falta de reactivos y equipos. La idea y el talento estaban, las limitaciones económicas y materiales los frenaron.

Conexión con la realidad
A pesar de los obstáculos, ambas comparten una convicción: la ciencia tiene sentido cuando se vincula con necesidades reales. Lucía tiene claro que trabajará en proyectos que vayan más allá de la investigación, deben tener un propósito y ayudar a una comunidad o a un ecosistema. Hacia allá va su tesis.
Lorena combina su rutina científica con los cambios en su vida personal, pues por primera vez está viviendo sola, lo que le ha exigido avanzar en temas que no se reflejarán en su investigación, pero que también marcan su desarrollo. Hoy debe organizar comida, dinero, enfrentar problemas cotidianos sin el apoyo familiar, pero vale la pena. Hablar con estudiantes de doctorado o profesionales que ya alcanzaron ese nivel, la está llevando a pensar en continuar su vida en la academia.
Mientras se alistan para volver a Bolivia, coinciden en que el país necesita impulsar la divulgación científica y generar financiamiento que permitan generar soluciones reales.
Este 11 de febrero, sus historias no solo celebran el trabajo de la mujer en la ciencia, refleja la necesidad de generar espacios para que ellas y otras avancen. La curiosidad y el conocimiento abren el camino, pero el sistema debe acompañar para esto se traduzca en verdadero impacto en áreas como salud, seguridad hídrica y tecnología, entre otras.
Foto principal: A la izquierda, Lorena Mancilla en la Universidad de Chile; a la derecha, Lucía Alemán en Maastricht, Países Bajos, donde realizó parte de su beca.
Fotos: Archivo personal de Lucía Alemán y Lorena Mancilla.
