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Huertos de autonomía: mujeres que siembran futuro

AGROECOLOGÍA. En diferentes distritos rurales de El Salvador, decenas de mujeres han hecho de esta práctica una forma de vida. Hoy construyen autonomía económica, redes solidarias y nuevas formas de organización.

Por Gabriela Montenegro López*

Adela Orellana, originaria de Cabañas, nunca imaginó que cultivaría su propio alimento. Antes no sabía cómo cuidar un rábano. Ahora cultiva media tarea de tierra -en El Salvador equivale a 500 metros cuadrados- junto a su compañera Blanca González. Ambas viven en una comunidad en Comasagua, La Libertad, al sur del país. Hoy, Adela cosecha para su familia y también vende sus productos. Su historia muestra cómo la agroecología ha cambiado la vida de muchas mujeres rurales.

Tiene 55 años. Vive con su nuera y su hijo menor. Es madre de tres hijos. Combina las tareas del hogar con su huerto de media tarea. Ahí, trabaja hasta el mediodía. Al volver, cocina y almuerza con su familia; y, por la tarde, se traslada a su milpa de dos tareas y media. Su rutina cambia según el clima, tanto la siembra como sus actividades comunitarias.

Adela forma parte de la Asociación de Mujeres Comasagüenses. También integra La Canasta Campesina, una cooperativa comasagüence que produce y comercializa hortalizas orgánicas. Asiste a reuniones, intercambia semillas, y prepara abonos naturales con lo que recolecta en el monte. Aprendió a cultivar sin químicos y a vender sin intermediarios.

En tierra ajena

En El Salvador, casi tres millones de personas tienen un trabajo por el cual reciben un salario o ganancia. Otras no, trabajan en negocios familiares sin pago. De toda la población ocupada, el 35.2 % vive en el área rural y el 64.8 %, en la urbana. El 56.7 % son hombres y el 43.3 %, mujeres.

La agricultura, ganadería, caza y silvicultura es la tercera actividad económica más común. El 13.6 % de la población trabaja en este sector: son casi 400 mil personas. La mayoría son hombres: 341,727. Solo 58,086 son mujeres. De acuerdo con una estimación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para 2022, las actividades agropecuarias, pesqueras y forestales representaron un 5 % del Producto Interno Bruto (PIB).

De las 345.047 personas que se dedican a la agricultura, solo 77.063 tienen tierra propia. De ellas, apenas 9.299 son mujeres. El resto alquila o produce en tierras prestadas. La mayoría de mujeres que sí tienen tierra vive en la zona rural: 7.026. Pero la gran mayoría cultiva sin garantías. En total, 169,487 personas alquilan sus parcelas, de esas, 16,143 son mujeres.

Quienes cultivan enfrentan barreras estructurales: acceso a la tierra, al agua y a formación técnica en agricultura. Sin embargo, en Comasagua, Panchimalco y Huizúcar, las mujeres han logrado superarlas: siembran en tierra ajena o propia para alimentar a sus familias, generar ingresos y sostener a sus comunidades al practicar la agroecología.

Sembrar autonomía

Estela Monterrosa tiene 53 años. Vive en un caserío, en el sur de Comasagua. Es parte de la Asociación de Mujeres Comasagüenses. Dice que las mujeres siempre han trabajado la tierra, pero no siempre han aprendido a cuidarla.

“Hay mujeres que llevan años trabajando con la agricultura tradicional para sembrar maíz, frijol y maicillo”, cuenta. “Ahora hay grupos de mujeres que hemos aprendido cómo trabajar orgánicamente”.

Varias organizaciones impulsan este proceso. La Asociación de Mujeres Comasagüenses (AMC) reúne a 200 mujeres. La de Panchimalco (AMP), a 285. La de Huizúcar (AMH), a 200 más. Otras agrupaciones también se han sumado. Todas cuentan con el acompañamiento de la Asociación Comunitaria Unida por el Agua y la Agricultura (ACUA).

Juntas crearon un programa de escuelas agrícolas. La formación combina teoría y práctica. Las mujeres han aprendido a preparar abonos orgánicos y repelentes naturales. Recolectan microorganismos del bosque, hojarasca, ceniza, restos vegetales. Cada ingrediente tiene su función en el ciclo de la tierra. La nutre sin dañarla.

Estas escuelas no solo enseñan a cultivar. También fortalecen el liderazgo de las mujeres y promueven la autonomía económica y el trabajo colectivo. Son espacios donde la tierra se vuelve aula y la siembra, una forma de resistencia y liderazgo femenino. El objetivo no es solo sembrar. Es comer sano. Vender parte de la cosecha. Y con lo que ganan, cubrir otras necesidades del hogar.

“Es bonito”, dice Estela. “Aprendés a no dañar la tierra. Y con la venta de nuestro trabajo agrícola compramos lo que hace falta”.

Para muchas mujeres, la agroecología es eso: autonomía. Es un ingreso propio. Una mesa con comida. Y una tierra viva que también las sostiene.

Patricia, Adela y Blanca han encontrado en estos huertos una fórmula para mejorar su economía y la de sus familias.

Agroecología: sembrar sin dañar

En Comasagua, la agroecología ha tomado fuerza. Las prácticas agroecológicas se expanden. Las mujeres las enseñan. Las adaptan. Las ponen en práctica mientras cuidan el hogar, la familia y, en muchos casos, también crían animales.

La agricultura tradicional usa pesticidas y fertilizantes químicos. La agroecología no. Requiere más tiempo, pero protege el agua, el suelo y la salud. Integra lo social, lo cultural y lo económico; y, transforma la relación entre alimentación y sostenibilidad.

Algunos hombres prefieren los químicos. “Porque matan la plaga al día siguiente”, explica Estela. Pero las mujeres han aprendido otra lógica. Aplican repelentes naturales dos o tres veces por semana, según el cultivo. El proceso es más lento, pero más sano.

Ajustando los tiempos

La casa de Blanca González queda junto a la de Adela. Desde hace un año, Blanca tiene un huerto orgánico de media tarea de tierra. En otro terreno, siembra una tarea de milpa. La mujer de 54 años, trabaja por las tardes en el huerto. Ahí siembra, desyerba, riega, cosecha. Distribuye su tiempo entre el trabajo agrícola, el del hogar y las reuniones de la Asociación.

Blanca ha ido diversificando su huerto, mientras se suma a las actividades con otras mujeres.

Como muchas, no siempre logra quedarse a todas las actividades. Por eso, Patricia Martínez, presidenta de la Asociación de Mujeres Comasagüenses, agenda la mayoría de capacitaciones, charlas los fines de semana y prioriza los temas clave. Sabe que el tiempo de las mujeres es limitado y valioso.

En la zona rural, las mujeres trabajan más del doble que los hombres en tareas de cuidado y del hogar. Dedican 7 horas con 4 minutos cada día, frente a las 3 horas con 29 minutos que destinan los hombres. Es una diferencia marcada que refleja la sobrecarga que enfrentan. A nivel nacional, el promedio también revela la desigualdad: las mujeres dedican casi seis horas diarias al trabajo doméstico y de cuidados, mientras que los hombres no alcanzan las tres, de acuerdo con la Encuesta del Uso del Tiempo 2022.

El liderazgo de Patricia

Patricia Martínez vive en una comunidad, al sur de Comasagua. Tiene 44 años y completó sus estudios de bachillerato. Lleva un año desempeñando su cargo como presidenta de la asociación con remuneración, lo que le permite cubrir los gastos de traslado y alimentación durante las jornadas de trabajo comunitario. Casi todos los lunes, por la noche, se conecta con la técnica de ACUA. Revisan actividades, planifican reuniones, entregan informes de campo.

Los sábados los dedica al trabajo agrícola, junto a su esposo. Siembran en una manzana de milpa. Cada cosecha cuesta unos 900 dólares entre la compra de insumos y pago de jornaleros en un periodo de 8 a 9 meses.

Patricia, en su terreno, aplica barreras vivas, abono orgánico y plantas protectoras del suelo. Como ella, muchas de las mujeres se han quedado en el proceso de formación agroecológica, no solo por necesidad, sino por conciencia.

Banderas de tierra, escudos de trabajo

Las escuelas agrícolas surgieron de forma distinta en cada territorio. En Comasagua, las mujeres llegaron desde los comités comunitarios, donde ya participaban. En Panchimalco se crearon cinco líneas estratégicas: el tema organizativo; la red de prevención de violencia contra las mujeres; medio ambiente (incluye la agricultura); salud preventiva para la mujer, y las iniciativas económicas para la mujer (autonomía económica). Cada mujer decide a qué línea sumarse.

Hoy, cuando una mujer se integra a una de las asociaciones, comienza un proceso de sensibilización. Se le explican sus derechos, se le introduce al concepto de autonomía económica. Estas escuelas rara vez se parecen a un aula tradicional. Actualmente, ACUA acompaña a más de 150 mujeres agricultoras en cada uno de los cuatro distritos donde opera y consolidó las escuelas de agricultura.

Uno de los pilares del trabajo de ACUA es el enfoque de equidad de género. Además de fomentar la participación activa de las mujeres, también se promueven nuevas masculinidades. Los hombres participan en procesos formativos dentro de la línea de Medios de Vida Sostenibles, con enfoque en derechos.

Sembrar organización y autonomía

La desigualdad se enfrenta desde varios frentes. En la primera fase de organización, muchas mujeres reciben talleres sobre derechos y empoderamiento, incluso sin formar parte directa de las escuelas agrícolas u otros oficios.

ACUA también impulsa la seguridad alimentaria desde el rescate de la semilla criolla de maíz y frijol. Además, promueve iniciativas económicas grupales: panaderías, granjas de pollos, elaboración de dulces, salsas, vinos artesanales, costura, bisutería y producción de champús naturales. Actividades que permiten a las mujeres generar ingresos sin depender de insumos costosos ni químicos. Un ejemplo es la planta procesadora levantada por la Asociación de Mujeres Comasagüenses, con apoyo de ACUA.

Se llama Productos Alimenticios de Campesinas Comasagüenses (PACC). Para echar a andar el proyecto, ACUA seleccionó a quince mujeres para capacitarse. Seis fueron elegidas para iniciar, aunque solo cuatro lo mantienen en funcionamiento y producen mermeladas, salsas, vinos y otros derivados agrícolas. También se encargan de compartir lo aprendido con otras mujeres.

Ahora sueñan con registrar la marca y sumar más mujeres. Por ahora, venden sus productos en ferias y mercados locales organizados por ACUA. Su meta es formar un negocio circular: desde la siembra orgánica hasta la venta de comida.

Poco a poco, las mujeres van diversificando su producción en los huertos que surgen en sus pequeños predios.

Tierra ajena, agua escasa, futuro incierto

La tenencia de la tierra es uno de los mayores obstáculos que enfrentan las mujeres agricultoras en Panchimalco y Comasagua. Muchas siembran en terrenos alquilados, prestados o en disputa. Esto limita sus decisiones y su capacidad de invertir a largo plazo. Frente a estos desafíos, algunas mujeres han conseguido espacios colectivos, y los huertos caseros se han vuelto una alternativa clave.

La agricultura se ha convertido en una forma de autonomía, de resistencia y liderazgo. Mujeres como Fátima y Patricia han sido clave para sostener estos procesos. Desde la empatía y la organización, han creado espacios para que otras también siembren vida. Ahora cultivan no solo alimentos, sino también redes, conocimientos y caminos colectivos.

* “Este reportaje fue creado con una beca del Fondo para el Periodismo de Soluciones en Latinoamérica, una iniciativa de El Colectivo 506, con el apoyo de la Agencia InnContext de la Fundación Avina”.

 

 

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