PRODUCCIÓN. 60 familias exportan entre 60 y 90 toneladas a Italia, España y Bélgica. La apicultura y el turismo también se consolidan.
Yenny Escalante / Sumando Voces
A los 41 años, Hilarión Choque Rafael tiene tres títulos sobre su mesa: productor de orégano, apicultor y guía de turismo comunitario. Vive en Molani, una comunidad del municipio de Presto, en Chuquisaca, rodeado por el verde intenso del área protegida El Palmar. Lo suyo no empezó con grandes inversiones ni tierras extensas. Empezó con el agua.
“Antes solo sembrábamos maíz, papa, trigo. Pero hace unos 10 años llegó el sistema de riego. Entonces empezamos con tomate, pimentón, sandía y otras hortalizas… hasta que conocimos el orégano”, cuenta. Hace unos cinco años, fue por necesidad y curiosidad que él y otras familias decidieron probar ese cultivo en una cuarta hectárea. Al principio nadie los apoyó, compraron plantines por su cuenta. Y funcionó.
Hoy la Asociación de Productores de Orégano de Aramasi, que Hilarión preside, reúne a 60 familias. Juntos producen entre 60 y 90 toneladas anuales, que exportan en su totalidad a Italia, España y Bélgica, mediante la empresa Unidad de Especias y Condimentos (UNEC). Cada bolsón lleva código, nombre y control de calidad. “Tenemos que cuidar el oreganito y seleccionar bien para exportar”, dice con una sonrisa.
Hilarión y su esposa Emiliana, han consolidado su producción junto a su familia. Confían en que sus hijos no tendrán que migrar.
Carpas solares
Pero el orégano, para exportarse, debe estar seco. Y durante la temporada de lluvias, eso se volvió un obstáculo. “Cuando llueve, no hay cómo secar bien. Se pierde. Nos urgía tener carpas solares”, recuerda. Fue entonces cuando buscaron apoyo y lo consiguieron. A través de la ONG LIDER se enteraron del Fondo de Pequeños Proyectos de la Unión Nacional de Organizaciones para el Trabajo de Acción Social (UNITAS), apoyado por Pan para el Mundo, y consiguieron dinero para comprar calaminas y construir carpas solares comunitarias. La mano de obra y los materiales restantes los pusieron ellos mismos: muros, listones, vigas. A todo eso sumaron el trabajo colectivo.
A la derecha, el anterior sistema de secado; a la izquierda, el actual, con carpas solares.
“Nosotros pusimos el esfuerzo, ellos el capital. Ahora tenemos secadores de 4×10, de 4×15… Pero ya nos están quedando chicos. La demanda está subiendo y estamos buscando nuevas tecnologías: carpas móviles que podamos armar solo en cosecha y guardar después”, dice.
Hace poco, Hilarión Choque participó del Encuentro de Intercambio de Proyectos FPP 2022 – 2025 organizado por la Red UNITAS, donde participaron casi 60 representantes de distintos proyectos financiados por el Fondo de Pequeños Proyectos (FPP) de Pan Para el Mundo.
El área de producción aumenta y se ha sumado un sistema de riego.
Un freno a la migración
Allí relató que con el apoyo de Unitas, cada familia puede llegar a producir entre 15 y 25 bolsas de orégano por cosecha. “(La cosecha del orégano) nos ha mejorado el ingreso económico para las familias, para que podamos permanecer aquí, para disminuir la migración, y así estamos al lado de nuestros papás que ya son mayorcitos, de la tercera edad”, explica.
Gracias a este cultivo, Hilarión y su esposa, Emiliana Ollisco Martínez, han podido apoyar la educación de sus hijos. El mayor estudia Enfermería en Sucre, los otros aún están en el colegio y en primaria.
“Cuando tienen días libres, me ayudan en la cosecha. Es un trabajo familiar, de todos”, cuenta Hilarión.
La floración del orégano trajo otro beneficio, la producción de miel.
Y el orégano trajo consigo otro beneficio inesperado: las abejas. “Como florece, atrae polinizadores, abejitas. Entonces también me dedico a la apicultura. Produzco miel, propóleo, y lo entrego al desayuno escolar del municipio. Todo es natural, con abejas nativas que capturamos y criamos en cajas”, acota.
Una asociación turística
Pero no se queda ahí. Hilarión también impulsa el turismo comunitario en su región. Hace un año fundó la Asociación de Turismo Comunitario de Molani, en pleno corazón del área protegida El Palmar. Allí hay cascadas, palmeras, fauna silvestre. Organizan grupos de guías, gastronomía, hospedaje. La comunidad abre sus casas y sus cocinas para recibir a los visitantes. Él mismo es guía y gestor de todo el emprendimiento.
Hilarión se capacitó para ofrecer servicios turísticos en el área protegida El Palmar.
Estudió para ello. Pasó por Sucre, Cochabamba, se formó como técnico superior en Química Industrial, especialista en agua y saneamiento.
“Ahora también soy operador de alimentos. Con eso, transformo la miel en propóleo, lo pongo en sachets, frascos… Todo desde aquí, sin irme”, dice con orgullo.
Don Hilarión es un convencido de que el desarrollo se siembra desde lo propio. Antes migraban, pero hoy, con orégano, miel y turismo, pueden quedarse. Pueden vivir bien desde donde están. Y desde Presto, su región de 12 mil habitantes, ya no solo salen cosechas: salen ejemplos de cómo el trabajo, la organización y un poco de apoyo, pueden transformar el destino de una familia y de todo un territorio.