CULTURA. El documentalista estadounidense siguió durante 11 años el legado musical de las Misiones Jesuíticas, acumulando más de 140 horas de registro. “La Voz de la Memoria” es el primer paso para contar una historia que trasciende fronteras.
Karina Vargas Alba
Scott Loudon no sospechaba el impacto que iba a tener en su vida la conversación con un amigo misionero que había estado en la comunidad ayorea de Sapocó en 2001. Le habló de un lugar en Bolivia donde se rescató música de la época de las misiones jesuíticas y de cómo se relacionaba con la historia de The Mission, una de sus películas favoritas. No lo pensó mucho: reservó un vuelo y en pocos días llegó a Concepción, en el corazón de la Chiquitanía boliviana.
Allí conoció a Milton Villavicencio, el curador del museo y mano derecha de Hans Roth en el proceso de restauración de las iglesias misionales. Sus largas conversaciones comenzaron por curiosidad, para luego convertirse en pasión. “Solo sentía que tenía que saber más”, recuerda el documentalista durante una entrevista en el centro de Santa Cruz de la Sierra.
Loudon volvió tiempo después, atraído por la música -el eje de su trabajo como documentalista- y con la certeza de que había que contar la historia de estos pueblos y su legado. “Ni siquiera sabía que existía un festival. Lo que me impactó fue la historia de cómo esa música sobrevivió dos siglos y cómo los pueblos indígenas la siguieron transmitiendo oralmente. Después, cuando la música fue redescubierta, los niños empezaron a leerla. Eso me voló la cabeza”, afirma.
Luego supo que cada dos años se realizaba el Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca Americana “Misiones de Chiquitos”. Allí nació su relación con la APAC, comenzó a realizar entrevistas y a reconstruir historias que hoy se concentran en más de 140 horas de grabación, de las cuales entre 15 y 20 corresponden a los festivales.
Se emociona al recordar la primera vez que escuchó un concierto en una de las iglesias misionales. “Es algo indescriptible. Me sentí privilegiado, como si regresara 300 años en el tiempo. Hay algo trascendente. Vi gente de la Juilliard School llorar, y cuando les preguntaba por qué, decían lo mismo: no lo saben, pero sienten que vuelven en el tiempo, que todo su trabajo cobra sentido ahí”, afirma.

Reconstruyendo la memoria
Así comenzó a tomar forma La Voz de la Memoria, el documental de 28 minutos que presentará este sábado 18, a partir de las 17.00, en el marco del programa del decimoquinto festival. El documental pone en el centro esa pasión y una conexión entre lo humano y lo divino, porque Scott atribuye “a algo casi divino, a una experiencia espiritual” lo que se generó y preservó en la Chiquitanía.
Allí se reflejará también una parte de las conexiones que ha construido en estos once años. Conoce las poblaciones chiquitanas y en cada una ha hecho amigos detrás de las historias que encontró. El idioma no ha sido una barrera y afirma que “la generosidad de los bolivianos es incomparable. Hemos tenido experiencias increíbles con amigos y científicos en la selva”, al igual que su familia, que por estos días lo acompaña “en una experiencia maravillosa, estamos aprendiendo español y adaptándonos a la cultura”.

En los últimos meses ha compartido muy de cerca con el equipo de APAC. “Allí aprendí sobre generosidad y perseverancia. Estuve en su oficina y trabajan muy duro, inspiran a voluntarios. Se necesita un ejército de personas para hacer el festival, y lo hacen sin pago. Eso es amor. Todo vuelve a Dios, creo que Él inspira a las personas a hacer cosas buenas”, afirma.
Durante tres décadas, APAC ha preservado y revitalizado uno de los legados musicales más importantes del mundo a través de 15 festivales internacionales en las Misiones Jesuíticas. Por ello, el documental también es un homenaje a líderes, músicos, comunidades y héroes anónimos que han sostenido este legado durante treinta años.

Las entrevistas con Marcelo Araúz o Cecilia Kenning, parte del grupo que inició los festivales y APAC, o con Percy Añez, su actual presidente, han sido esenciales para construir y terminar La Voz de la Memoria, que marca el cierre de un ciclo de once años “con muchas dudas. A veces uno piensa: ¿estoy loco? Pero terminar este corto es un gran logro. Ha sido posible gracias a la generosidad de personas en Bolivia y en Estados Unidos”.
“Quiero ayudar a APAC. Mi objetivo es que universidades como Juilliard o el Royal College conozcan esta historia. Esto puede fortalecer sus relaciones internacionales, especialmente ahora que hay nuevos liderazgos”, afirma, mientras se emociona al pensar en la reacción que puede tener el público el próximo sábado.
La premiere será en la sala del Centro Boliviano Americano (CBA), a partir de las 18.00. “Es un misterio, solo espero que sea una bendición para APAC”, dice este padre de cinco hijos, que llegó desde una zona rural cercana a Detroit, en el estado de Michigan, donde tiene un estudio de grabación y un espacio de conciertos.

Una historia para el mundo
Esta vez su estadía es más larga: tres meses en los que también está trabajando en la estructura de su apuesta mayor, una película. Por ello, su búsqueda continuará en la Chiquitanía. Ahora con Anónimo, la película que está a la mitad y para la que filmará durante los días del festival en San Javier, Santa Ana y San Rafael, entre otras locaciones. No es lo único pendiente: junto con la edición, aún se requiere financiamiento, y Scott confía en que La Voz de la Memoria allane el camino para obtenerlo.
Anónimo es la historia del compositor anónimo. “Yo veo a Dios como ese compositor anónimo: crea cosas para nosotros, pero muchas veces no lo reconocemos”.
Los tres meses en Bolivia también le están permitiendo definir cómo contará esta historia al mundo. “A nivel personal, me considero un ‘compositor fallido’. No logré lo que soñaba. Por eso me identifico con el compositor desconocido. Siento empatía por quienes no se sienten importantes. Este proyecto ha sido sanador para mí. Es un regalo, algo que nunca imaginé vivir”.
“Mi sueño es que toda Santa Cruz y Bolivia conozcan esta historia, que el mundo la conozca. Que orquestas en todo el mundo interpreten esta música”.
Esa es la dirección que toma ahora su trabajo: llevar una historia que nació en la Chiquitanía más allá de su territorio, sin perder lo que la hace única. Después de once años, más de 140 horas de grabación y un documental que marca el cierre de una primera etapa, la búsqueda de Scott Loudon no termina: ahora cambia de escala.
Porque lo que encontró en las Misiones Jesuíticas -una música que resistió al tiempo, un legado sostenido por las comunidades y por un esfuerzo colectivo silencioso- no es, para él, solo un patrimonio local.
Es de todos. Y “el mundo necesita saberlo”.
Fotos: archivo personal de Scott Loudon
