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Bosques y economía: la riqueza natural que sostiene al mundo, pero está en riesgo y mantiene una deuda laboral

CONSERVACIÓN. Casi la mitad de la economía mundial depende de la naturaleza, y millones de personas encuentran en los bosques su sustento diario. Pero esto está en riesgo por la pérdida de cobertura forestal y la baja inversión en conservación. El empleo informal también es un problema.

Los bosques generan una actividad económica por 44 billones de dólares, aproximadamente el 40% del Producto Interno Bruto (PIB) mundial, 5.800 millones de personas dependen de productos forestales no madereros para su bienestar, mientras más de 2 mil millones dependen de la leña y el carbón vegetal para cocinar y calentarse.

Hoy, en el Día Internacional de los Bosques 2026, que se celebra cada 21 de marzo desde 2015, el desafío es analizar su situación más allá de la conservación. El lema de este año es “Bosques y economía”, para poner acento en el valor económico de estos ecosistemas, como enfatiza la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), y que también debe poner foco en que el trabajo forestal sigue siendo uno de los más peligrosos y más informales del mundo, como advierte la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

El valor del bosque no es solo económico: también es biológico y climático. Alrededor del planeta, albergan alrededor del 80% de la biodiversidad terrestre, incluidas unas 60.000 especies de árboles, el 80%por ciento de los anfibios, el 75% de las aves y el 68% de los mamíferos. Aun así, esa base natural sigue deteriorándose: al menos 420 millones de hectáreas de bosque se han perdido desde 1990, y solo en 2024 el mundo perdió 6.7 millones de hectáreas de bosque tropical primario, casi la mitad por incendios, según Global Forest Watch y el World Resources Institute.

Poco a poco, más comunidades encuentran en los frutos del bosque sus medios de vida.

El trabajo no visibilizado

Ese valor económico y ecológico convive, sin embargo, con una realidad laboral mucho menos visible. Estimaciones conjuntas de la OIT, la FAO y el Instituto Thünen muestran que el sector forestal ocupó en promedio a 33 millones de personas en el mundo entre 2017 y 2019, equivalente al 1% del empleo global. Pero el 77% de ese empleo era informal en los 56 países con datos disponibles, una señal de que la economía del bosque sigue descansando en gran medida sobre trabajo precario, especialmente en países de menores ingresos.

La contradicción es evidente: el bosque aparece como parte de la transición hacia economías más limpias, pero esa transición todavía no garantiza condiciones equivalentes de seguridad y trabajo decente.

La FAO destaca que la demanda de productos forestales está en máximos históricos, con unos 4.000 millones de metros cúbicos de madera producidos cada año, y proyecta que hacia 2050 podría requerirse 1.000 millones de metros cúbicos adicionales de madera en rollo industrial para sustituir materiales intensivos en carbono por alternativas renovables.

Al mismo tiempo, advierte que la inversión anual para proteger y restaurar bosques debe triplicarse, de 84.000 millones de dólares en 2023 a 300.000 millones hacia 2030, para cumplir metas climáticas, de biodiversidad y de restauración.

Conservar y restaurar

A este debate también se sumaron otras organizaciones de conservación. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), vinculó el Día Internacional de los Bosques con la necesidad de conservar y restaurar ecosistemas que sostienen medios de vida y resiliencia. En la misma línea, Trillion Trees insistió en que restaurar bosques no consiste solo en plantar árboles, sino en recuperar la funcionalidad ecológica y el bienestar humano en paisajes degradados.

En Bolivia, esa discusión global adquiere una dimensión especialmente urgente. Según Global Forest Watch, el país perdió 290.000 hectáreas de bosque primario tropical en 2019, en medio de los incendios que marcaron ese año. Pero el deterioro no se frenó: en 2024 la pérdida de bosque primario tropical se disparó a 1.5 millones de hectáreas, lo que ubicó a Bolivia por primera vez como el segundo país del mundo con mayor pérdida de este tipo de bosque, solo detrás de Brasil.

WRI y Global Forest Watch vinculan este deterioro a la combinación de incendios, sequía severa y expansión agropecuaria. En 2024, Bolivia atravesó una de las peores sequías de su historia reciente y cerca del 12%  del país se quemó, incluyendo extensas áreas forestales. El dato importa no solo por su gravedad ambiental, sino porque muestra que la presión sobre los bosques bolivianos dejó de ser un episodio excepcional para convertirse en una amenaza estructural.

Oportunidades que se deben preservar

El bosque ofrece oportunidades económicas para el país. Según la Cámara Forestal de Bolivia, las exportaciones forestales sumaron 310.1 millones de dólares en 2024. De ese total, 96.4 millones correspondieron a productos maderables y alrededor de 213,7 millones a productos no maderables, lo que confirma el impacto que puede tener una oferta de productos del bosque que también impulse la conservación y genere medios de vida para las comunidades locales.

Dentro de los maderables, China fue el principal mercado para Bolivia en 2024 con 28,.5 millones de dólares, seguida por Estados Unidos con 20,6 millones y Brasil con 6,6 millones. En los no maderables, la castaña es el principal producto; en 2024 las exportaciones alcanzaron 175,8 millones de dólares, consolidando a Bolivia como líder mundial en ese rubro. En el caso del palmito, el IBCE registró exportaciones por 10,7 millones de dólares en 2025, aunque las ventas fueron impactadas por la caída de los precios internacionales.

En Porvenir, los pobladores han sido capacitados para realizar la cosecha de asaí sin afectar las palmeras. Foto: APB Porvenir

En varias zonas del país se están desarrollando programas para impulsar la producción, generar escalabilidad y que respondan a las exigencias de los mercados internacionales, pero que también garanticen la conservación de los ecosistemas. Por ejemplo, en la Amazonía boliviana, la recolección de castaña depende de la preservación de 87.000 km² de bosque y representa entre el 50 y el 60 por ciento de los ingresos anuales de muchas comunidades de Beni y Pando.

En el Bajo Paraguá, en Porvenir, 140 familias impulsan la producción de asaí silvestre que se exporta a Europa. Aunque los incendios son una amenaza cada año, están preservando su área de manejo comunitario y trabajando para incorporar nuevos productos a su oferta. Desde febrero, 22 comunidades chiquitanas trabajan en un proyecto pilo para desarrollar y consolidar cadenas de valor vinculadas al cusi, la almendra chiquitana y otros productos no maderables como parte de estrategias de restauración y resiliencia.

Como señala la FAO, los bosques impulsan economías, crean empleo y sostienen medios de vida. Si los bosques van a ser parte de la respuesta climática, de la bioeconomía y de nuevas cadenas de valor, el desafío no es solo conservar hectáreas o aumentar exportaciones; también pasa por asegurar que esa riqueza no se construya a costa de degradación ambiental, pérdida de biodiversidad, informalidad y riesgos laborales invisibilizados. En Bolivia, como en el resto del mundo, el bosque en pie no solo es un activo ambiental; es también una fuente de trabajo, exportaciones y sustento comunitario cuya viabilidad depende de conservarlo.

Foto principal: FAO

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